jueves, 20 de diciembre de 2012

Érase unas Melenas




Dicen que cuando uno es niño siempre asocia su infancia a algún héroe más ficticio que real. Durante el verano de 1990 crecía en mí un apetito insaciable por descubrir nuevos universos ajenos a la infantil rutina, tan aburrida  y simple, que me correspondía como un niño normal. Se iniciaban los maravillosos años 90’s y no obstante, yo era un niño proveniente de una Lima clase mediera, convulsiva y preocupante, que respondía al prefacio de una década que fue importante para mi país y también para el mundo en general.  Sin duda alguna, los años 90’s fueron mi infancia, pubertad y adolescencia. Un sinfín de vivencias, tan alegres como tristes o una mezcla de ambas sensaciones pero jamás aburridas, que terminaron por determinar aquella personalidad que practico hasta el día de hoy. Aquel conglomerado de aventuras alegró mi existencia durante los años más importantes de la primera parte de mi vida.  La música, sin duda alguna fue el arma principal que utilicé para adentrarme en mi particular descubrimiento y colonización del mundo que aparecía cada día por mi mente. A través de mis ojos y oídos, supe apreciar momentos inolvidables que marcaron mi vida de pequeño infame y de qué manera. En lo personal, resulta inevitable hablar de música cuando narro parte de mi biografía. Es por ello, que uno de esos hechos trascendentales durante mi niñez se consumó mientras culminaba mis aventurados siete años de edad cuando recibí, de manos de mi padre y mentor varonil, mi primera cinta teledirigida y  grabada en un “cassette” re-grabado. Aquel pedacito de plástico oscuro transparente llamado “Sony de 90 minutos”,  y que respondía por el lado “A” al título de “grandes éxitos del rockandroll” en su etiqueta blanca y azulina, mientras que por el lado “B” una firma que decía Kike, seudónimo eterno de mi padre. El contenido de dicho material musical era más que exquisito para el paladar de quienes amamos la buena música. Un recopilatorio de temas tan profundos como legendarios que pasaban por  la magia de Eric Clapton & Cream,  el estruendoso sonido de Rollings Stones, el exotismo de Eric Burdon, la oscuridad de Black Sabbath, el melódico chillido de Whitesnake y cómo no, las profundas sinfonías del todopoderoso Deep Purple. En el año 90 no existía internet ni medios de comunicación  accesibles sí es que querías enriquecerte de cultura musical, como era mi caso. Mi investigación melómana estaba reducida a recortes de esporádicas revistas de rock o antiguos fanzines coleccionables que solían ofrecer los vendedores ambulantes de la música, aquellos pintorescos personajes quienes tenían la gran labor de regrabarte las melodías originales de algún viejo y olvidado vinilo en algún cassette de 90 minutos. En consecuencia, mi imaginación cumplía una función  determinante en mi investigación musical. Me veía ceñido a aquellos tan necesarios cassettes regrabados con portadas en fotocopia blanco y negro de algún lejano e inhóspito LP. La aventura de crecer conociendo música a través de la imaginación engrandecía mi idea por aquellos titanes del rock, con quienes decidí crecer hasta el fin de los días. Yo estaba seguro que en algún lugar del planeta se encontraba el autor de aquella obra de arte llamada “Child in Time”. Los gemidos sentimentales interpretados por  aquel hermoso y casi esculpido “Ian Gillan”  de cuidada e inmensa cabellera y mirada delatadora típica de una estrella del rock,  jugaron un papel importante para mi. Sin duda, Deep Purple marcó gran parte de mi vida ya que crecí y aprendí mucho con ellos como banda sonora de mi temprana existencia. Recuerdo siempre la primera vez que tuve la oportunidad de ver a mis dioses paganos en vivo. Una noche calurosa de marzo del año 97 llegaron a Lima para regalarnos dos horas  y media de deleite y ensueño musical. El dios “Ian Gillan” recién iniciaba sus  cincuenta y pocos años, en otras palabras, un muchachón como diría mi padre. Aquel ángel del rock poseía una melena larga  aún castaña oscura pero ligeramente maltratada por el paso del tiempo. Su voz manifestaba el cansancio típico de los años post juventud y el prefacio de la verdadera adultez con horizonte a la decadencia humana. Mis titanes se encontraban en la resaca de la vida, algo así como intentando adaptarse a los años de seriedad como exige la ley de la vida, más aún después de tantos años tormentosos de excesos, locura desenfrenada y alegría sin control. Sin embargo, por mi retina estaba viendo a Ian Gillan y los Deep Purple, es decir, sólo podía disfrutar del placer de estar viendo en persona a un dios de mi infancia, del cual siempre me contaron que existía y que por el contrario de  otros dioses que nos intentan imponer de niños, el mío estaba frente a mi cantándome y desde luego haciéndome muy feliz. Aquel sentimiento contenido en ese momento era indescriptible, tal como narra mi padre cuando cuenta la historia sobre aquella noche  donde mi rostro emanó una alegría sin precedentes. Después de aquella noche nada volvió a ser igual y el tiempo desde esa vez  cumplió fielmente con su trabajo, es decir, avanzar para todos sin pausa y cada vez con mayor rapidez. Desde entonces y hasta la actualidad, pasaron por mi retina otros mil y un encuentros en vivo con dioses de mi niñez pero nunca con la intensidad como cuando estuve frente a frente con el mítico Ian Gillan. No obstante, y demostrando que realmente la vida sí suele regalarnos agradables sorpresas, durante este año 2012 ya agonizante, la brújula de mi vida me permitió aterrizar en las gélidas tierras alemanas en pleno mes de diciembre. Mi impresión fue indescriptible cuando me di cuenta que mi estadía coincidía con la presentación en vivo de “Deep Purple” en aquella ciudad donde me encontraba, lo cual significaba que  volvería a ver en persona a mis dioses de la infancia nada más y nada menos que quince años después de aquella primera vez en Lima. Lo que sucedió aquella noche congelada de diciembre no podría describirla con palabras, ya que hay veces en la vida donde las emociones se expresan en silencio y para uno mismo. Sin embargo, el tiempo evidentemente había pasado para todos y sin respeto alguno para muchos. El anciano Ian Gillan con la voz parchada, el pelo canoso corto y una vestimenta de aquel típico hombre que inicia los setenta pero que intenta verse aún ridículamente joven, fue la mejor postal de la noche. Los movimientos torpes y las notas vocales ya casi ausentes, no fueron motivo para que la velada con aquellos titanes del rock deje de ser mágica. Todos habíamos cambiado poco o bastante desde 1997. Mis dioses paganos estaban entrando en la ancianidad por lo que su físico les delataba evidentemente. Pese a eso, la calidad de su música era aún excelente pero con muestras de cansancio en todo momento. En lo personal, yo tampoco era aquel jovenzuelo alocado que melena al viento quería comerse al mundo sin importar las consecuencias.  Ahora mis primeras entradas en la frente, la voz más grave de lo normal y una barriga de orgullo varonil también me delataban sin compasión alguna. Era una realidad y teníamos que aceptarla. Ian Gillan y yo ya no poseíamos aquellas melenas inmensas y todopoderosas que combinaban con nuestros pantalones apretados. Mientras él entraba a la vejez sin retorno, yo iniciaba la adultez de los asuntos serios. Sin embargo, ambos aún éramos fieles y devotos infinitos del rockandroll. Algo que no expira con la vejez ni se extingue por las taras impuestas durante la vida misma. Por este  y mil motivos más, aquel encuentro con Ian Gillan fue más sentimental que el primero, ya que significaba para mí una especie de despedida con aquel personaje de infancia con quien decidí crecer. Ésta vez, acompañado de un gran vaso de cerveza y algunas lágrimas símbolos de mi particular sentimentalismo puro, me despedí de mi dios a mi manera personal y cantando juntos aquellos himnos melodiosos que nunca pasarán de moda para mi, ni para él ni para nadie que esté involucrado realmente en la historia del rock y la buena música. Estoy casi seguro que no volveré a ver en vivo a “Ian Gillan” pero su imagen siempre perdurará en mí a través del tiempo. Así como también perdurará en mí aquella melena inmensa de rebelde con causa que emuló a mis dioses de infancia durante muchos años y que fue mi estandarte de batalla ante la simpleza que, como durante los años de mi infancia, intentó imponerme la hipócrita sociedad con sus tontas artimañas. Al día de hoy y a portas de iniciarme en la década de los 30, me siento realmente  afortunado por haber crecido de una manera diferente y creyendo en dioses que realmente existían y que tuve el placer de ver y disfrutar. Cuando eres niño la imaginación es nuestra religión y los superhéroes son nuestros verdaderos dioses. En lo que a mí respecta, creo que  he logrado satisfacer con creces esa imaginación que alimenté desde niño y por suerte, conservarla intacta hasta el día de hoy. Finalmente, dicen que los dioses  nunca mueren sí es que hay al menos alguien en este mundo realmente dispuesto a rendirles pleitesía, razón por la cual, estoy seguro que Ian Gillan y mis dioses de infancia jamás morirán.

"Emocionante concierto con Deep Purple en Alemania"
Invierno del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S



jueves, 13 de diciembre de 2012

Rockandrolla





Hay personajes en el mundo del rock que son famosos a pesar de que nunca hayas escuchado un disco de ellos. Sin duda alguna, “Lemmy” Kilmister es uno de esos personajes legendarios en cuestión. Más allá de ser el fundador y cantante de la mítica banda Motörhead,  Lemmy brilla con luces propias por su pelo largo, sus verrugas, su vida llena de vicios y mujeres, su voz rasposa aguardentosa y mierdosa, su afición al whisky, su sistema inmune sobrenatural y por su puesta en escena tan clásica como reconocible. En mis casi tres décadas de vida tuve la oportunidad de ver a este demonio viviente en lugares tan diferentes como en mi lejano Perú, mi adoptiva  Catalunya y la última vez en aquella congelada y siniestra Alemania en pleno mes de diciembre. Debo admitir que cada vez fue tan brutal como la anterior pero a la vez significativamente diferente. Mi última experiencia con Motörhead  en Alemania fue realmente genuina. La noche prometía demasiado con Anthrax como telonero y un frío que te congelaba hasta las hormonas. Mi chaqueta de cuero junto a mi vaso gigante de cerveza de casi dos litros serían mis únicas compañeras en mi cita con el rockandroll. Ahí parado entre tantas melenas rubias alcoholizadas me sentí realmente privilegiado, puesto que vivía en carne propia la sensación y el espíritu de Motörhead en una nueva versión. Cabe resaltar, que no es lo mismo saltar, cantar, golpear tus músculos y ahogarte entre el sudor del alcohol cuando bordeas los 20  años que cuando ya los finalizas. Sin embargo, me sentí con la misma ilusión como si estuviera en mi primer concierto de rock. Son los efectos de vivir una presentación en vivo de Motörhead, pues el día que lo vives te metes automáticamente en la historia del rockandroll, es decir, formarás parte de la leyenda. Ian Fraser “Lemmy” Kilmister nació el 24 de diciembre de 1945 en Burslem, Gales. Se crió con su madre en Anglesey, ya que su padre era un sacerdote protestante que un día estuvo con su madre y al día siguiente desapareció, quizás de ahí el odio a las religiones que siempre ha expresado. El pequeño Lemmy desde siempre había adoptado la faceta de hombre tosco y rebelde, lo que obedecía a su enojo en respuesta a lo que su padre había hecho. La relación de Lemmy con el rock comenzó cuando éste era muy pequeño y conoció a “The Beatles”. Los cuatro de Liverpool le volaron la cabeza hasta el punto de viajar a Liverpool sólo para verles tocar en la Caverna. Sí, Lemmy se puede jactar de haber visto a los Beatles tocando en vivo antes de grabar un solo disco. Al ver a tantas chicas guapas gritando por Lennon y compañía, Lemmy decidió que él también quería ser un rockstar. Tal como ha dicho en un sinfín de entrevistas: “El único negocio que me ha gustado por lo de las mujeres guapas, todos los rockeros metidos en esto las tienen a montones, y a mí siempre me han gustado las mujeres guapas, por lo que lo consideré que sería una buena idea". Lemmy aprendió a tocar bajo  de muchas personas y practicando en casa. Nunca tuvo estudios de música,  él sólo quería tener una banda de rock, pero no se sentía atraído en lo más mínimo por las consignas pacifistas y hippies de aquellos años. A él le iba el rock and roll más primitivo, el de Elvis, el de Little Richard, Jerry Lee Lewis. A este demonio viviente le iba la calle, la juerga y las nenas físicamente inteligentes. En 1975 Lemmy formó  su banda estandarte junto con el guitarrista Larry Wallis y el batería Lucas Fox. El grupo se llamó originalmente Bastard pero fue cambiado posteriormente a Motörhead, el título de la última canción que Lemmy compuso para Hawkwind. El nombre de la canción "Motörhead" proviene de la jerga para denominar a un consumidor de anfetaminas. Poco tiempo después ambos músicos fueron reemplazados por el guitarra "Fast" Eddie Clarke y el batería Phil "Philthy Animal" Taylor y fue con esa formación con la que la banda empezó a ser conocida. Los mayores éxitos del grupo vinieron en los años 1980 y 1981 cuando entraron en las listas del Reino Unido gracias a la canción Ace of spades. Esta canción se convirtió en un clásico inmediato y en una referencia para todas las bandas metal, trash, hardcore e incluso punks de los años siguientes. Lemmy finalmente lo había conseguido, es decir,  la fama, rock and roll, fiesta y mujeres guapas. Las letras de las canciones de Motörhead hablaban generalmente de guerra, la lucha entre el bien y el mal, abuso de poder, sexo, abuso de sustancias, y la vida en la carretera. Su música tiene un solo denominador común: sonar rápido y fuerte, muy fuerte. La voz de Lemmy y su estilo en el bajo sobrevivirían a los cambios de formación y darían a Motörhead un sonido reconocible e irrepetible. A pesar de la enorme influencia que la banda ha ejercido sobre toda la música metal moderna, ellos no se hacen cargo y se tildan a sí mismos como una banda de “Rock and roll. Sin embargo, lo que hace más reconocible a Lemmy es su vida privada, llena de todos los vicios posibles, tales como ser un fumador empedernido, bebedor de whisky profesional, ya que bebe por lo menos una botella de Jack Daniels al día, consumidor de todo tipo de drogas: speed, antefaminas, ácidos, éxtasis y excepto la heroína, ya que Lemmy tuvo una mujer a la cual amó, sin embargo ella murió por una sobredosis de heroína; desde entonces Lemmy odia aquella droga. El hijo de Lemmy declaró en una entrevista:  “Mi padre un día vino y me dijo: hijo prométeme que jamás consumirás heroína. Mejor ponte speed y pastillas, es mucho más sano”. Otra faceta de Lemmy es su lado mujeriego, puesto que presume de haberse acostado con más de mil mujeres, seguramente la mayoría grupies y relaciones fugaces como todo buen rockstar llevaría a cabo. A decir verdad  es un milagro de la naturaleza que éste hombre a sus  66 años siga llevando este ritmo de vida, tocando como una máquina descontrolada y componiendo como si tuviera veinte años. Lemmy es una leyenda viviente, un tipo único que le da al rock alegría y fiesta. Sin duda alguna, un mal ejemplo para todas las personas con un poco de sentido común. No obstante, el rockandroll no entiende de ligeros objetivismos y caretas sociales tan absurdas. La esencia del Rock es vivir como un superhéroe, ser un gladiador de mil batallas y porque no, una especie de dios pagano a quien adorar para combatir la rutina tan simplista que suele ofrecernos la vida.¡No te mueras nunca Lemmy!


"El poder de Motörhead en Alemania"
Invierno del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

martes, 27 de noviembre de 2012

Cabaret



Dicen que el cabaret nació con la Revolución francesa en la segunda mitad del siglo XIX. El significado de esta palabra era taberna y se la empezó a utilizar para denominar los shows de espectáculos. El cabaret, era una mezcla de música y baile con el humor, el ilusionismo y otras artes. También se mostraban en muchos shows las pantomimas de homosexuales y lesbianas, un tema tabú para la época pero de mofa general hasta la actualidad y más aún en lares oscuros como éste. Uno de los cabarets más famosos fue el Moulin Rouge de Paris, construido en el año 1889 por el carismático Joseph Oller, y que sin duda fue el que más trascendencia logró a través de muchas décadas. No obstante, Le Chat Noir en Montmartre de Paris en 1881 fue el primer cabaret famoso y asediado por criaturas nocturnas de la ciudad luz. Muchos de sus clientes eran escritores pero la mayoría eran pintores y estudiantes de Bellas Artes, quienes solían ser fieles clientes de los placeres noctámbulos parisinos que ofrecían estos recintos. No yendo muy lejos, en la iluminada Barcelona de fines del siglo XIX, surgieron grandes antros nocturnos como el legendario “Els Quatre Gats” en pleno corazón barcelonés. Un rival de peso para el viejo “Molino” de Paralell, vigente hasta la fecha. Los primeros espectáculos de cabaret no tenían prácticamente ninguna semejanza con el music hall,  ya que consistían,  principalmente,  en actuaciones de bailarinas de can-can, cantautores y travestís, como también mujeres disfrazadas de varones, espectáculos que no formaban parte del repertorio habitual del music hall. Además, el can can había sido prohibido por la censura en el Reino Unido. Sin embargo, a lo largo del siglo XX, los cabarets fueron ofreciendo espectáculos cada vez más variados, por lo que muchos artistas de music hall también fueron artistas de cabaret y viceversa. De todos modos,  hubieron países  como el Reino Unido, en los que el público prefería los espectáculos de music hall, o como en Estados Unidos donde se prefería los de burlesque. En España, tuvo más éxito sin duda el cabaret. Una forma particular de espectáculo con una mezcla de canción, comedia y baile donde se podía mezclar entusiastas canciones y actos cómicos. El cabaret sin duda, siempre será un templo para la infinidad de pensadores sedientos de explorar sus lados más oscuros.  Lástima que aquella magia del cabaret se fue con los años y fue sentenciada casi al olvido por la triste modernidad. Así como también ya no ha de  existir aquella sociedad cosmopolita de la época, la cual necesitaba un singular tubo de escape ante la decepción del momento económico y político. No cabe duda, que el cabaret siempre será sinónimo de aquella alegría prohibida por la luz del día y criminalizada por los ojos de aquella hipócrita sociedad ciega ante sus propias taras, aquella misma sociedad que convirtió al cabaret en lo que es hasta hoy, es decir, un icono de la intelectualidad y dirigida estrictamente para gente pensante sedienta de arte y placeres. Sin duda alguna, una especie de reliquia de museo en la historia del hombre.

"Cabaret a la Barcelonesa, Barcelona"
Invierno del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S


sábado, 24 de noviembre de 2012

Noctámbulos













Había un intermedio, nos habíamos sentado y entonces acudió también el lindo y joven señor Piero, el del saxofón, nos saludó con la cabeza y se sentó junto a Valentina. Me pareció ser muy buen amigo suyo. Pero a mí, confieso, en aquel primer encuentro no acababa de gustarme en absoluto este señor. Hermoso era, no podía negarse, hermoso de estatura y de cara; pero otras prendas no pude descubrir en él. También aquello de los muchos idiomas le resultaba una futesa; en efecto, no hablaba absolutamente nada, sólo palabras como perdón, gracias, desde luego, ciertamente, haló y otras por el estilo, que efectivamente sabía en varias lenguas. No; no hablaba nada el señor, y tampoco parecía pensar precisamente mucho este apuesto italiano caballero. Su ocupación era tocar el saxofón en la orquesta del jazz, y a esta ocupación parecía entregado con cariño y apasionamiento, alguna vez salía aplaudiendo de pronto durante el número o se permitía otras expresiones de entusiasmo; soltaba algunas palabras cantadas en voz alta, como ¡hooo, ho, ho, halo!. Pero por lo demás no estaba evidentemente en el mundo más que para ser bello, gustar a las mujeres, llevar los cuellos y muchas sortijas en los dedos. Su conversación consistía en estar sentado con nosotros, sonreímos, mirar a su reloj de pulsera y liar cigarrillos, en lo que era muy diestro. Sus ojos de bambino curtido y azulado como el destino, bucles que no ocultaban ningún romanticismo, ningún  problema, ninguna idea; visto desde cerca era el semidiós exótico de la salsa. Un joven alegre y un tanto consentido, de maneras agradables y nada más. Hablé con él de su instrumento y de tonalidades en la música de jazz; él no pudo por menos de darse cuenta de que tenía que habérselas con un viejo catador y conocedor de cosas musicales. Pero él no abordaba en modo alguno estas cuestiones, y mientras que yo, por cortesía hacia él, o más verdaderamente hacia Valentina, emprendía algo así como una justificación teórico-musical del jazz, se sonreía inofensivo de mí y de mis esfuerzos, y probablemente le era enteramente desconocido que antes y además del jazz había habido alguna otra clase de música. Era lindo, y gracioso, una enfermedad entre las mujeres y hombres de esta parte toscana del mundo antiguo. Sonreía de modo encantador con sus grandes ojos vacíos; pero entre él y yo parecía no haber nada en común; nada de lo que para él venía a resultar importante y sagrado, podía serlo también para mi, nosotros veníamos de partes del mundo opuestas, no teníamos una sola palabra común en nuestros idiomas. Sin embargo, más tarde me contó Valentina cosas maravillosas. Refirió que Piero, después de aquella conversación, le dijo acerca de mi que ella debía tener mucho cuidado con este hombre, que era el pobre tan desgraciado. Y al preguntarle ella de dónde lo deducía, dijo: Pobre, pobre hombre. Mira sus ojos. No sabe reír. Cuando aquel día el de los ojos azulados se hubo despedido y la música volvió a tocar, se levantó Valentina.  Ahora podrías volver a bailar conmigo, Don. ¿O no quieres bailar más? También con ella bailé ahora más fácil, más libre y más alegremente, aun cuando no tan ingrávido y olvidado de mi mismo como con aquella otra. Valentina dejó que yo la llevara y se plegaba a mí delicada y suavemente, como la hoja de una flor, y también en ella encontré y sentí ahora todas aquellas delicias que unas veces venían a mi encuentro y otras se me alejaban; también ella olía a mujer y a amor, también su baile cantaba delicada e íntimamente la atrayente canción deliciosa del universo; y, sin embargo, a todo esto no podía yo responder con plena libertad y alegría, no podía olvidarme y entregarme por completo. Valentina me estaba demasiado cerca, era mi camarada, mi hermana, era mi igual, se parecía a mí mismo durante mi juventud, el soñador, el poeta, compañero de mis ejercicios y correrías espirituales.  Lo sé, dijo ella después, cuando hablamos de esto. Lo sé bien y yo he de hacer desde luego todavía que te enamores de mi, pero no hay prisa. Primero, somos camaradas, somos personas que esperan llegar a ser amigos, porque nos hemos conocido mutuamente. Ahora queremos los dos aprender el uno del otro y jugar uno con otro. Yo te enseño mi pequeño teatro, te enseño a bailar y a ser un poquito alegre y tonto, y tú me enseñas tus ideas y algo de tu decencia y porque no de tu ciencia. Ah, Valentina, en eso no hay mucho que enseñar; tú sabes muchísimo más que yo. ¡Qué persona tan extraordinaria eres, muchacha! En todo me comprendes y te me adelantas. ¿Soy yo, acaso, algo para ti? ¿No te resulto aburrido?  Y es que la vida Don, ha de ser como el jazz. Melodía exótica para el alma pero imposible para este mundo tan mundano y alérgico a criaturas de la bella noche como siempre lo seremos tú y yo, atinó.


"La noche fiorentina suena a Jazz, Italia"
Primavera del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

lunes, 5 de noviembre de 2012

Jazz de la Calle




Entre las numerosas profesiones que puede desempeñar un músico se encuentra una muy especial: el músico callejero. Existen lugares en los que hay que pasar un examen previo para poder actuar. En New York, París e incluso en nuestra Barcelona, cada músico tiene que demostrar una serie de conocimientos aplicados para tener su propia esquina. Desde que el intrusismo ha llegado a todos los sitios, la especialización se hace más necesaria. No sólo hay que madrugar para conseguir un buen sitio, es decir sinónimo de buenas ganancias, sino que hay que saber "tocar" un instrumento con un mínimo de capacidades. Si los directivos de los distintos transportes suburbanos han decidido realizar un examen, ¿cuál es la razón por la que no se hace en las calles de nuestras ciudades? En ocasiones me he visto sorprendido, incluso gratamente, por la pericia con la que este o aquel músico solicitaba unas pocas monedas a cambio de su arte. Sin embargo, en otras tenía ganas de dar dinero para que estudiara un poco y dejara de martirizarme. Supongo que todos conocerán ejemplos de estos dos tipos de músicos. Desde aquí quiero dejar bien claro que la Música es algo que nos une, que nos da la vida, y debemos conseguir que muchos  de esos intrusos dejen de aporrearnos con sus melodías estériles y para eso que se dediquen a otras cosas. Por suerte, en suelo barcelonés la mixtura de talentos y orígenes dan un resultado suculento para quienes disfrutamos de este arte. Caminar por las calles de la ciudad condal te puede deparar hermosas sorpresas musicales. Una fina trompeta que dialoga con el ronquido del trombón. Cuerdas elegantes acompañadas de seductoras voces, en otras palabras, el jazz en su estado más puro,  el de la calle donde todo se escucha y disfruta sin restricciones ni ataduras.


"Músicos callejeros en la Barceloneta"
Verano del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S


miércoles, 31 de octubre de 2012

Niña del Este



Una atmósfera gris cubrió el mundo durante muchas décadas. Aquella llamada “Guerra Fría” fue la culpable de muchas tragedias sociales entre la población de los países damnificados por la segunda guerra mundial. Desde el este alemán hasta el corazón de la mismísima Unión Soviética demasiadas fueron las tristezas en una época donde los regímenes dictatoriales enmudecían el alma de la gente. Mientras tanto y para no perder la costumbre, el imperio del norte americano manipulaba, a su libre antojo, las esperanzas de la humanidad. Eran tiempos donde el Este era enemigo de todo lo occidental, o al menos esa era la idea que nos vendían los programas pro “living in America”  y sus nefastos derivados. Yo crecí con la idea de “USA contra URSS”, en otras palabras, los buenos capitalistas contra los prepotentes y pseudo cavernícolas soviéticos, quienes vivían aferrados a un comunismo que resultaba sinónimo de muerte y tragedia para los demás. Sin embargo, debo admitir que nunca me cautivaron los placeres americanos impuestos por los medios de comunicación. Ni siquiera el gran Rocky Balboa me robó la emoción en aquella vibrante pelea contra la máquina soviética Ivan Draco, quien sin duda alguna, se convertiría en un referente infantil para muchos. Han pasado muchos años desde aquella vez. No obstante, hoy en la actualidad  aquella bipolaridad mundial sigue  más latente que nunca. ¿Y qué nombre le pondríamos a la guerra del nuevo siglo entre rojos y azules?


"Niña soviética en Alemania del Este"
Primavera del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

viernes, 19 de octubre de 2012

Cuestión de Tango



Cuesta arriba en un atardecer de primavera nos costaba, valga la redundancia, coger respiración sin percatarnos de la infinita belleza que nos rodeaba. Un aire toscano plagado de arte por donde se vea. Calles pequeñas y curvilíneas que delataban el hermoso desorden de una sociedad fiorentina de por sí acostumbrada al arte.  En una ciudad mágica como Florencia no resulta complicado encontrarse con sorpresas a pie de calle. Mujeres que podrían remplazar a la belleza en el diccionario. Colores de una ciudad amante de los helados y las pizzas. Gente elegante que no pierde la compostura al andar en un suelo casi medieval e incómodo por recorrer. Jóvenes que beben vino sin importarles el mañana. Artistas callejeros que intentan tomar la posta a los genios universales del ayer. Toda esta experiencia tuvo su punto culminante cuando subidos en el monte fiorentino por excelencia, donde reinan los aperitivos y las aventuras, apreciamos a una pareja bailando un tango frente a nuestros ojos.  Una experiencia única con vistas a la ciudad de Florencia con el río Arno como protagonista de la aventura. Un atardecer toscano que encandila hasta al más anti-romántico entre los anti-románticos como es mi caso. Muchas pueden ser las imágenes que se te vengan a la mente, en especial cuando toda esta maravillosa imagen va acompañada de un tango maléfico como lo es y lo será siempre “Ya no estás aquí corazón”  Y pensar que realmente ya no estás más a mi lado corazón. Sin querer te perdiste en la inmensidad. ¿Y cómo darme cuenta de tu silueta escurridiza en la lentitud de mis sentimientos? Desde que te fuiste soy como aquella pistola oxidada sin las balas de tu amor. Ahora en el alma solo tengo soledad. Aquella ausencia de todo envenenada del silencio y sus consecuencias. ¿Y si ya no puedo verte qué podré hacer? Pensar en ti es una enfermedad incurable como la adicción de aquel drogadicto amante de su desgracia. ¿Y a veces me pregunto por qué dios me hizo quererte, para hacerme sufrir más?  ¿Será por mis burlas constantes al infame nazareno? ¿Acaso ser un constante agnóstico me condenó al martirio de tus besos? Y pensar que siempre fuiste la razón de mi existir y aunque nunca creí en nada, adorarte para mí fue religión. Y en tus besos de labial rojo barato encontré el amor de adolescente que asesina hormonas y enferma el alma.  Todo el amor que pensé que me brindaste sólo fue el calor de tu pasión. Es la historia de un amor que enumera la lista infinita de desamores. Mujeres hubieron mil y quizás más pero después de ti nada volverá a ser igual. El mejor Don Juan se derretiría ante tus pies. Ni siquiera tu fría belleza me hizo comprender todo el bien y todo el mal. Hoy ya no estás pero siempre nos quedará aquel tango que bailamos juntos en la plenitud de nuestra mundana vida. El mejor premio consuelo para quienes vivimos de las historias y nos ilusionamos soñando cuentos.  Como dije al inicio, Florencia en una ciudad mágica que te permite fantasear hasta con las experiencias más simples de la vida. 

"Amantes bailando un tango en Florencia, Italia "
Primavera del 2010
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

domingo, 14 de octubre de 2012

La Dama Barcelonesa



Y la vi sentada sobre la arena barcelonesa. No era muy alta, como mucho un metro sesenta y su delgadez la privaba de poder insinuarse a través de un buen marcaje de sus glúteos. Sin embargo, pensé, la señora tenía una buena delantera para no aparentar más de cincuenta años. Era aquel tipo de cuerpo que sin duda suele gustar a la mayoría de hombres: una combinación de pequeñeces y fragilidades que provocan los más lascivos deseos sexuales en aquellos que por sus condiciones nunca habrían podido tener entre sus manos un cuerpo como el de aquella joven eterna y sin tener que dar cuenta de pago por el cariño ofrecido. Sus labios finos reflejaban una especie de sonrisa seductora algo fingida y novata, y sus ojos eran pozos azules, muy azules como el mar que le humedecía el cuerpo, en donde habría que ahondar profundamente para poder adivinar qué pasaba por su cabeza. Una melena lacia y de un rubio acastañado reemplazado ahora por unas elegantes canas. Probablemente el rubio fuera artificial, y ese acastañado fuera el resultado de unos meses sin ir a la peluquería, lo que hubiese provocado que, sin duda, su color natural resurgiera de entre aquel otro amarillo pollo alterado y que seguramente durante su juventud caía de forma salvaje por sus hombros como una cascada, muriendo en el mar de una espalda completamente lisa, llana, donde lo único que podía adivinarse a primera vista  y sólo cuando la joven se quitara el abrigo para buscar en sus bolsillos interiores algo que con éste puesto no era capaz de encontrar y dejó al descubierto su tronco, sólo algo tapado por la parte de los pechos era un lunar en la parte inferior del omóplato derecho y los finos tirantes de un sujetador rojo y una diminuta braga blanca. Sin conseguir inventar una excusa para darse explicaciones a sí misma, cambió el rumbo y esperó a que  el sol abandonara su esplendor para intentar huir de ese lugar plagado de acosadores. 

"Mujer elegante en la Barceloneta"
Verano del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S



viernes, 12 de octubre de 2012

El último Cowboy




Nunca será tu superhéroe ni el protagonista romántico de la película. Amores por doquier entre el historial de las penas son el peor peso de aquel cowboy inseguro de su destino. Nunca será aquel audaz personaje que te salve entre las cadenas. Tampoco lucharía contra monstruos o una banda satánica infantil de villanos en pos de tus besos.  Le llamarás cobarde y lo aceptará con orgullo  alumbrando la sombra de un ángel descansando en un viejo sillón de cuero o quizás un piano desafinado junto a un vaso de whisky en el anochecer perpetuo. Columnas de humo saliendo de un puro casi irreal. Círculos de ámbar reflejan la memoria  de los tiempos donde fuimos derrotados por un Joker irresistible. Cuenta la historia que fui un superhéroe que cabalgaba entre las muertes en el Reino de la noche. Dicen que era el justiciero entre la injusticia pero nunca pude lograr su cometido. Sin embargo, siempre le quedará la noche pérfida y dulce. Aquella satisfacción que empapa el alma de deseo reflejada hasta en la sonrisa de un niño. 


"Niño Cowboy en Stuttgart, Alemania"
Invierno del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

jueves, 4 de octubre de 2012

Una Aventura Arábiga





Y como olvidar aquella vez cuando la brújula de mis viajes me llevó a la otoñal Marrakech y sus 40 calurosos grados. Desde el momento en que pisé tierra marroquí tuve la sensación de haber olvidado objetos esenciales para mi aventura. Sin embargo, lo que realmente iba a echar en falta sería la previsión y el sentido de la orientación, aptitudes en la cual solía caracterizarme hasta ese momento.  Sudores a parte, me dispuse a iniciar mi travesía por aquella ciudad misteriosa, tan bien elegida por Alfred Hitchcock en una de sus aventuras cinematográficas, en mi caso sólo estaba dispuesto a conocer los rincones más inhóspitos de este mágico lugar. Desde el  primer día me vi empapado como a la vez sorprendido por la infinidad de distracciones y pasajes laberínticos que ofrecía este lugar norafricano. No obstante, nunca disfruté tanto el sólo hecho de sentirme perdido por trepidantes callejuelas que en mi vida imaginé, orientándome por la ubicación del dios Sol como bien lo hacían mis ancestros, pues dejar de lado aquella aburrida lógica lineal, a la cual estamos tan occidentalmente acostumbrados, resultó ser una experiencia formidable. Siempre me gustó ser espontáneo e improvisar cuando fuera posible pero al encontrarte con aquel mounstro social llamado la plaza Djemaa el Fna, me vi desbordado sin poder dibujar un destino fijo en mi mente. Ésta fue la plaza más amorfa y concurrida que pude haber visto en mi vida, genuino lugar para rodar el inicio de “El hombre que sabía demasiado” En el momento menos esperado, me vi asaltado por encantadores de serpientes, carruajes de burros pasando a toda velocidad, modernos pufs de cuero plateado y antiguos remedios bereberes para cualquier cosa, desde relaciones personales hasta el alquiler. Marrakech ha de ser sin duda la ciudad de los comerciantes y del regateo. Pues, conseguir atravesar este caótico lugar resulta una tarea más que complicada pero a la vez fascinante, entre vendedores de todo tipo y de todos los objetos inimaginables  sazonados por ese local  aroma seductor que sabe a todo e igualmente a nada, y como no un ambiente genuinamente musicalizado al compás de los aguadores con turbante que tocan las castañuelas.  Aquel lugar ha de ser un espectáculo vibrante y constante, por momentos sientes que te encuentras en una película de los años 50 o quizás en un teatro al aire libre, donde descubres y redescubres miradas y dramas rutinarios perdidos entre la gente que habita esta parte del mundo y los curiosos que se ven atraídos por su extraño encanto. Infinidad de mezquitas y gritos de oración, que parecen arengas de guerra y lamentos que paralizan la ciudad cinco veces al día, y a le vez decoran el espíritu de esta ciudad anclada en un mundo y tiempo muy diferente. Luego de tanto  estrés por la vida cotidiana de los lugareños, lo mejor que hice fue lograr escapar del alboroto y sus respectivos olores optando por  la mejor recompensa, es decir,  sentarme en uno de los grandes balcones que dan a la plaza y contemplar el maravilloso atardecer de Marrakech. El sol poniéndose en el arábigo horizonte rojizo y bien acompañado del whisky marroquí, en otras palabras, un caliente y exquisito té con menta, me permitió contemplar aquel paraje exótico y envenenado de misterio árabe. La inmensidad del sol consumándose a través del desierto y lograr disfrutar de ese momento a cámara lenta ignorando el bullicio de la gente.  Una sensación sui generis que me dejó sin palabras. Ahora me resulta comprensible que grandes personajes del arte como Hitchcock, Yves Saint Laurent,  Jean Paul Gaultier, los Rolling Stones, los Beatles, Led Zeppelin o el mismísimo Jimi Hendrix se encandilaran por Marrakech y su infinita magia.


"Ancianos marroquíes y el mágico atardecer de Marrakech"
Otoño del 2010
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

martes, 2 de octubre de 2012

Lamento



Oh niña entre las rosas rotas, oh presión de palomas exiliadas, oh presidio de peces y rosales, tu alma es una botella llena de sal sedienta y tu piel una campana llena de uvas ácidas. Por desgracia no tengo para darte sino uñas o pestañas, o pianos derretidos, o sueños que salen de mi corazón a borbotones, polvorientos sueños que corren como jinetes negros, sueños llenos de velocidades y desgracias. Sólo puedo quererte con besos y amapolas hundidos en la prohibición de sabernos y no poder, con guirnaldas mojadas por la lluvia suaves como el cactus incomprendido, mirando cenicientos caballos y perros amarillos. Sólo puedo quererte con olas a la espalda, entre vagos golpes de azufre y aguas ensimismadas, nadando en contra de los cementerios que corren en ciertos ríos con pasto mojado creciendo sobre las tristes tumbas de yeso, nadando a través de corazones sumergidos, amores muertos y pálidas planillas de niños insepultos. Hay mucha muerte, muchos acontecimientos funerarios en mis desamparadas pasiones y desolados besos, hay el agua que cae en mi cabeza, mientras crece mi pelo, un agua como el tiempo, un agua negra desencadenada con una voz nocturna, con un grito de pájaro en la lluvia, con una interminable sombra de ala mojada que protege mis huesos. Mientras me visto, mientras interminablemente me miro en los espejos buscándote sin suerte y en los vidrios, oigo que alguien me sigue llamándome a sollozos con una triste voz podrida por el tiempo. Y mientras tanto tú estás de pie sobre la tierra, llena de dientes y relámpagos. Tú propagas los besos y matas las hormigas.Tú lloras de salud, de cebolla, de abeja, de abecedario ardiendo. Tú eres como una espada azul y verde y ondulas al tocarte, como un río. Ven a mi alma vestida de blanco, con un ramo de ensangrentadas rosas y copas de cenizas, ven con una manzana y un caballo, porque allí hay una sala oscura y un candelabro roto, unas sillas torcidas que esperan el invierno, y una paloma muerta, con un número y entre tanto llanto, apuro al quebranto este canto, para decirte entretanto. Que no es por el miento, sino porque siento el pequeño tormento de un alma sin sentimiento. Y no es el mejor momento, para estar exento en pensamiento, aunque esta vez te lo consiento. Que por más que busco e intento aferrarme al juramento, dejaste anclada tu vida, en la boca del sediento en el corazón sangriento de una pena sin aliento. 


"Unión de lamentos en la Platja de la Barceloneta"
Verano del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Abuela Miseria



Cuenta la historia que en las afueras de un inhóspito pueblo del norte africano, vivía una anciana muy vieja y  tan arrugada como una vieja manzana. Esa anciana era muy pobre, tan pobre que no tenía casi nada para vivir más que una pequeña choza, una mesa, una silla, una cama, un poco de fuego para pasar el invierno y nada más. No obstante, sí tenía algo de valor.  Aquella anciana poseía un pequeño jardín y en él había un viejo árbol de manzanas y ese manzano no era como cualquier árbol, ya que  daba las frutas más gordas, ricas, sabrosas y jugosas de todo el mundo. Sin embargo, ese era justamente era el gran problema con la anciana porque cada vez que las manzanas estaban maduras venían los mocosos del barrio, se trepaban en el árbol y robaban todas las deliciosas manzanas. Ante esta palomillada constante,  la pobre abuela se quedaba siempre sin nada, tan sólo sus inmensas ganas de comer sus añoradas manzanas, esas ganas que uno no puede satisfacer, que arrugan la piel y ensucian el pensamiento. Entre tanto pasaban los años y cada día la pobre anciana, sentadita delante de su fuego, esperaba la muerte. La deseaba fuerte, no tenía otra cosa que hacer en su lúgubre y miserable vida. La gente del pueblo, siempre lista para burlarse de los más pobres o desprotegidos, le llamaban “¡Abuela miseria!, ¡Abuela miseria! ¡Jajajajajaja!”, mientras se burlaban vilmente de ella. Un buen día,  tocó a su puerta un hombre todo vestido de blanco con barba blanca y rostro bondadoso. Él entró y le dijo “Abuela miseria, sé que no has tenido muchas cosas en tu vida ni mucha suerte, así que puedes pedirme lo que quieras y te lo daré”. ¡Qué podía pedir la abuela, qué difícil de contestar esa pregunta! Se puso a reflexionar y finalmente dijo “Lo único que quiero es comer mis manzanas, no quiero que nadie pueda ni subir ni bajar del árbol sin mi permiso.” “¿Es eso nomás?” dijo el hombre de blanco, “¡Concedido! Ya verás...” y el hombre se fue y la abuela miseria se puso a esperar. Y finalmente vino la época de los frutos gordos, sabrosos, maduros, y con ello también vino la época de los mocosos del barrio. Como de costumbre, los niños se treparon en el árbol e iban a coger las manzanas cuando de pronto se quedaron totalmente prendidos en el árbol sin poder moverse. “Abuela miseria, abuela miseria, ¡ayúdanos!” “¡No, no, qué lindo, niñitos en mi arbolito, qué decorativo!” “Abuela miseria por favor...” Sin embargo, la abuela miseria no quiso saber nada y dejó a los niños secándose en el árbol durante muchas horas. Finalmente, como ella no era mala, les dejo bajar sabiendo que les habías dado una gran lección y estos se fueron corriendo, asustados, prometiendo nunca más volver. Así que ahora la abuela miseria podía comer sus manzanas. Imagínense la primera, después de tantos años de espera. Nadie puede describir esa felicidad en su arrugado rostro, pero lo que sí se sabe es que la abuela miseria se olvidó de lo que pensaba antes sobre la muerte. Hasta que un día tocó la puerta su choza otro hombre todo vestido de negro con cara pálida, era la muerte. La muerte entró y le dijo “Abuela miseria, como estás, soy la muerte. Sé que me has llamado muchas veces pero no tenía tiempo para venir, tú sabes que tengo tanto trabajo en la tierra pero acá estoy, hoy te toca, ven conmigo, te llevaré al más allá y verás concluida tus tristezas en la tierra” En ese momento la abuela empezó a pensar de verdad en la muerte y en el olor de la tierra húmeda. Ya no quería morir, total ya tenía sus manzanas, era feliz. Así que dijo “Muerte... no seas malita, sabes que  el camino ha de ser bien largo hasta el más allá... y soy una anciana muy vieja. ¿No podrías alcanzarme unas manzanitas de mi arbolito para el camino? Quisiera disfrutar de ellas antes de morir”. La muerte sonrío y accedió a su pedido. Subió en el árbol y la muerte se dispuso a coger una manzana de aquel viejo manzano cuando de pronto se quedó pegada, prendida del árbol  también sin poder moverse! “Oye, abuela miseria, libérame, la muerte no puede quedarse así en un árbol”. “¡Si, si, que lindo la muerte en mi arbolito, qué decorativo!”. Y la muerte se quedó en el árbol de la abuela miseria. Entre tanto el mundo era un caos ya que ninguna flor se moría, las yerba crecían indiscriminadamente, nadie podía caminar en ningún lado, y no se podía ver el cielo de tantos insectos que había. En los hospitales ya no había sitio para los moribundos que no se explicaban el porqué de su existencia. Lo peor sucedía en los campos de batalla, las cabezas por un lado, los cuerpos por otro y todo eso moviéndose aún con vida. Era una realidad horripilante que dejaba impotente a  la muerte incapaz de hacer algo para remediarlo. Así que un buen día, la muerte decidió hacer un trato con la abuela miseria. “Abuela miseria, vamos a hacer algo. Tú me dejas bajar de tu árbol y seguiré haciendo mi trabajo tan necesario para todos. Y te prometo que yo nunca te llevaré, te quedarás para siempre en la tierra”  La abuela valoró su oferta y la aceptó sin reflexionar mucho en ello. La muerte fue liberada y se fue para nunca más volver. La abuela miseria se convirtió en inmortal y con ella la miseria se quedó y se quedará para siempre en el corazón de los hombres y las mujeres de la tierra. Felizmente, no hay solamente miseria en esta historia,  ya que en el jardín de la miseria hay un árbol, un manzano que florece en primavera, que crece en el corazón de los hombres dignos y ese árbol se llama esperanza.



"En un asentamiento bereber a las afueras de Marrakech, Marruecos"
Verano del 2010
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S



martes, 25 de septiembre de 2012

Las Caras Lindas



En la China, antigua y milenaria, vivió hace mucho tiempo un pintor llamado Tuo Lan. Era un anciano delgado, de larga y blanca barba y de una mirada aguda, penetrante. Habitaba una modesta cabaña de bambú, situada en las afueras del pueblo. Rara vez salía de su casa, y cuando lo hacía, era tan sólo para ir al mercado a comprar las provisiones para la semana. Luego, después de las compras, se sentaba en un banco de madera, a la salida del mercado, y se dedicaba a mirar los rostros de la gente que entraba y salía del recinto. Así permanecía horas inmóvil, mirando. Cuando volvía a su casa, colocaba sobre la mesa sus pinceles, sus tintas, sus papeles de seda, sus acuarelas y se ponía a pintar. Cada día pintaba siete rostros. Su trabajo lo absorbía completamente, tanto así que no oía ni el viento ni la lluvia ni los pájaros. Al final de la semana, colgaba los trabajos en las paredes y tenía siete veces siete rostros, que tapizaban los muros de su casa. Tuo Lan los contemplaba largamente con las manos cruzadas en la espalda, la cabeza echada hacia un lado y sonreía, porque sentía una secreta satisfacción: la del deber cumplido. Una noche, cuando se afanaba en terminar un retrato, alguien golpeó a su puerta. Era tarde, pero Tuo Lan estaba igualmente trabajando. -¿Quién es? –preguntó, sin levantar la cabeza de la pintura. -Soy la Muerte –respondió una voz potente desde afuera-. Y vengo a buscarte. El viejo se levantó refunfuñando y fue a abrir la puerta. -¡Por Dios! –le dijo-. ¡Qué inoportuna eres! ¡Qué mal momento para venir a buscarme! ¿No ves que estoy a punto de terminar este retrato y me encuentro en la parte más delicada, que es la sonrisa de la muchacha? Y diciendo esto, sin mirar siquiera a la Muerte a la cara, volvió a su mesa de trabajo. La Muerte, alta, imponente, vestida de negro, con una enorme guadaña en las manos, se quedó perpleja. Nunca nadie la había recibido de ese modo. Se acercó a Tuo Lan y, mirando por encima de su hombre, vio el retrato que estaba pintando. Era una sonrisa, era la sonrisa de una hermosa muchacha del pueblo. En su largo recorrido, la Muerte había visto todas las muecas, todos los gestos posibles, sin embargo, nunca se había encontrado así, de frente, con una sonrisa humana. Fue tanta su impresión, que no se atrevió a colocar su esquelética mano sobre la nuca de Tuo Lan. Salió de la casa y se alejó confundida. Cuando estuvo de vuelta en su morada, el Rey de los Cielos la vio aparecer en su palacio con las manos vacías. Entonces, le preguntó con voz áspera: -Bueno, ¿por qué vuelves solas? ¿Qué ha pasado? Y ella respondió:   -Majestad, es que entré a la casa del pintor Tuo Lan y estaba pintando la sonrisa de un rostro infantil y no quise molestarlo hasta que lo terminara. El Rey de los Cielos sonrió y pensó para sí: -¡Qué hombre tan especial debe de ser éste, capaz de intimidar a la propia Muerte! ¡Tengo que conocerlo! Y le ordenó a la de la guadaña que se lo trajera de inmediato, a riesgo de perder su trabajo si no lo hacía, y como los trabajos escasean en todas partes, la Muerte regresó rauda y decidida a la casa del pintor. No se molestó en golpear la puerta. La vela todavía estaba encendida  en la pequeña cabaña de bambú. Al entrar, se encontró a boca de jarro con Tuo Lan, quien la esperaba en medio de la habitación. Se había puesto una vieja túnica raída, unas sandalias igualmente usadas y en el brazo llevaba un gran canasto lleno con sus papeles, sus pinturas, sus pinceles, sus sedas. -¡Por Dios! –le dijo Tuo Lan-. ¿Dónde te metiste? ¡Hace rato que te estoy esperando! ¡Ya, estoy listo, ahora puedes llevarme! Entonces, sin demora, la Muerte lo cubrió con su negra capa y se lo llevó a la otra vida. Tuo Lan entró en el palacio divino. El Rey de los Cielos lo contempló detenidamente desde su trono y vio la figura endeble del anciano mortal, pobremente vestido con ropas cien veces remendadas y cargado de papeles, pinceles y frascos de tinta. -Quiero saber algo –le dijo el Todopoderoso-. Nunca has pintado otra cosa que rostros. ¿Por qué? Y Tuo Lan, mirándolo con sus ojos claros, luminosos, penetrantes, le respondió: -Porque los rostros humanos, Señor, son los paisajes más bellos del mundo. El Rey de los Cielos se levantó de su trono, le tendió la mano y, sonriendo, le dijo: -Ven. Acompáñame. Salieron juntos a un espacioso jardín. En su centro, bajo los árboles y entre las flores, manaba agua cristalina desde una fuente situada en una pequeña gruta cubierta de musgo. Un sol inmóvil brillaba en el cielo. Era la luz ideal, no hacía frío ni calor. -Ésta será tu morada eterna –le dijo el Rey de los Cielos-. Aquí vivirás junto al espíritu de la vida y pintarás rostros, y cada vez que nazca un niño sobre la Tierra, elegirás uno para dárselo. Y tal ha sido, desde el principio y hasta el final de los tiempos, el trabajo de Tuo Lan. De manera que cada vez que nos emocionemos, nos regocijemos o nos enternezcamos ante la belleza, la suavidad y la dulzura del rostro de un recién nacido, no nos olvidemos de agradecer al viejo pintor, al pobre pintor andrajoso, que allá en el cielo sigue pintando caras y rostros para cada uno de nosotros. 


"Calles de Heidelberg, Alemania"
Verano del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

martes, 18 de septiembre de 2012

Amores que matan




La vida detrás de la muerte siempre ha sido un gran enigma para la humanidad. Desde tiempos ancestrales el hombre  ha fantaseado con la idea de morir entre dioses míticos que volvían a la vida como si de dormir se tratase, seres humanos que se reencarnaban en otras especies o hasta el mismísimo hijo de Dios, quien al tercer día osó en resucitar de entre los muertos. Vaya capacidad de ingenio y  quizás hasta de profundo aburrimiento, pues tener que volver a la vida después de muerto seguramente no tendrá que ser una tarea precisamente fácil ni agradable.  ¿Cuántos de nosotros no hemos perdido alguna vez el sueño por miedo a morir? Cuando era niño recuerdo que vivía atormentado con la idea de estar dentro de un ataúd, no sólo por el hecho de estar muerto sino que también por el temor a despertarme otra vez y morirme, valga la redundancia, vilmente asfixiado. Sin embargo,  con el tiempo asimilé que la muerte era un paso inevitable a cumplir en el ciclo de la vida y del cual nadie, salvo sorpresa divina, podría librarse. En la actualidad, el cada vez más absurdo imperio del entretenimiento cineasta y televisivo, ha invertido todo su tiempo y dinero en grandes producciones inspiradas en los muertos vivientes, o mejor dicho en los hoy populares zombies. Ya quedaron atrás aquellas legendarias películas ochenteras donde los muertos, quienes como mala hierba, brotaban de la tierra bailando al ritmo de Michael Jackson. No obstante, los muertos de antes te querían por tu cerebro. Eran adictos a comerse los sesos de la gente y sin importarle la condición intelectual que estos tuvieran.  Aquellos retro zombies eran sin duda unos monstruos  inteligentes ya que no discriminaban tu grado de idiotez. A diferencia de los neo zombies,  insensatos  caníbales que se comen todo lo que ven y que en vez de dar miedo suelen dar asco, los zombies de antes aparecían en la lúgubre noche orquestados al compás de los murciélagos, donde casi siempre perseguían a una inocente y hermosa chica de melena rubia, típica imagen americana donde se mezcla el heroísmo de un galán fornido y físicamente inteligente quien llegará a su rescate para que después de la tragedia ambos sean felices por siempre. Pamplinas aparte, no sé si algún día podrán existir realmente los zombies. El mundo está cada vez más putrefacto que no me atrevería a descartar la posibilidad de que algún parásito de la ciencia invente un virus capaz de convertirnos en muertos vivientes. De llegar aquel día,  quizás logre entenderme con una zombie de mirada dulce y labios podridos. Finalmente, estaré muy seguro que ella al menos me querrá sólo por mi cerebro. 


"Zombiewalk, la marcha de los muertos vivientes en Sitges"
Verano del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S




jueves, 13 de septiembre de 2012

Bienvenido a Catalunya



Cada mes de septiembre se celebra el día nacional de Catalunya. Una fecha importante para los catalanes que añoran con librarse de aquella vieja tara llamada España. Un evento natural en el calendario burocrático que hasta el momento no había trascendido en mi vida como exiliado por estas tierras.  Durante mis años como ciudadano extranjero de Catalunya nunca antes sentí tanta emoción colectiva en un solo lugar como sí pasó el último 11 de septiembre. Una emotividad con grandes dosis de catarsis, alegrías, sueños exteriorizados y peticiones al destino de un pueblo cada vez más consciente y orgulloso de sus raíces. Un clamor monumental  que se convirtió en un hecho histórico al lograr unir a casi dos millones de almas catalanas. Familias enteras, niños, ancianos, madres, jóvenes todos ellos marchando dignamente sobre las calles de Barcelona y a un solo grito ¡Independencia! Aquella manifestación superó todas las estadísticas hasta ese momento. Tal capacidad de  convocatoria ni si quiera lo había logrado  el Barça con sus grandes hazañas deportivas de los últimos años. Y eso que el fútbol no ha de contar como causa de lucha social a pesar de ser un gran motivo de unión para los pueblos. Es por eso, que conseguir unir a tanta gente desde tantos puntos del país sólo podría responder a un noble motivo, es decir, las ansias de libertad de un pueblo de por sí autónomo y con identidad propia desde muchísimos siglos atrás. Tanta algarabía logró contagiarme de este noble sentimiento. Por momentos, recordé cuando era niño y mi padre me llevaba en sus hombros a los mítines socialistas de aquella Lima caótica en plena década de los años 80’s. Sentir tanto valor y profunda entrega para tu nación es un privilegio que pocos solemos experimentar de verdad. ¿Y qué pensaría un niño al ver a toda esa gente gritando el sueño libertario de su país? En ese momento me vi reflejado en aquel dulce niño que levantaba alegremente su brazo a los gritos de independencia. Una mezcla de fuerza y dulzura inexplicable ante las palabras de cualquiera.  Hoy por hoy quizás sólo el futuro ha de saber si es que el sueño catalán se hará realidad. No obstante, Catalunya ya triunfó con este ejemplo de patriotismo ante los ojos de España y del mundo entero, ya que resaltar tus colores sin afán de absurdos nacionalismos ha de ser una tarea nada fácil. Una lección que el pueblo digno de Catalunya plasmó para siempre en la retina de muchos y  a la vez nos enseñó cómo sí es posible expresar el sentido de patria de la forma más hermosa y justa.

"Diada Nacional de Catalunya, Barcelona"
Verano del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S





miércoles, 12 de septiembre de 2012

Inocencia



En épocas de violencia colectiva es difícil encontrar ráfagas de inocencia entre la gente. Muchas trabas nos impiden, en un mundo cada vez menos pacífico,  apreciar la belleza simple que la vida nos ofrece en su estado natural. Contemplar la vida en sí misma sin preguntas, sin peros innecesarios y sin vendas absurdas que sólo permiten cegarnos ante los hechos evidentes, resulta una tarea cada vez menos apreciada. En una sociedad poca humanista centrada en los resultados más que en las formas,  nos parecerá sorprendente y agradable toparnos con alegrías espontáneas a pie de calle.  Un niño alemán tomando una flor entre sus pequeñas manos mientras el mundano mundo le rodea. Dulzura y belleza invencible para la mirada agria y el estéril murmullo de la gente. Él contempla su hábitat desde la pequeña armonía que su corta existencia le ofrece, es decir, la inocencia en el genio y candor en el poder, ambas nobles cualidades expresadas en una imagen.  Y en especial,  mirar con tan profunda inocencia como si no pasara nada, lo cual es cierto. Seres como él  serán inocentes aún en su malicia.


"Calles de Stuttgart, Alemania"
Verano del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S


viernes, 7 de septiembre de 2012

Una plegaria Morrisoneana



Uno de los placeres más exquisitos para el ser humano ha de ser la música. Ya lo decía el gran Friedrich Nietzche, impulsor de tantas otras bombas filosóficas, “la vida sin música es un error”. Y que error más flagrante el sólo hecho de vivir reducido a una existencia, tan muda como estéril, sin poder vincularnos a las melodías innatas de nuestras propias vivencias. Una vida sometida al silencio no elegido y hasta quizás mal impuesto. Por suerte, y si hay algo que tendré que agradecer siempre a mis padres, es la riqueza musical que me brindaron a través de mi infancia. Una educación, casi sin darse cuenta, pero tan importante que me permitió llegar a conocer a tantos genios, reyes, fantasmas, magos, brujos y demás impresionantes personajes que, de manera libre e infinita, sólo mi mente melómana podría contemplar. Aún recuerdo mi primer cassette no robado de la guantera del auto de mi padre, una joya musical que respondía al nombre de  “los mejores éxitos” de los Beatles, como olvidar mi primera travesía aventurada con “Tobacco Road” de Eric Burdon o mi gran emoción rozando el miedo al ver la película “The Wall” de Pink Floyd, inteligentemente amplificada por mi hermano Pepe.  Dicen que cuando tienes siete años de edad, tu mente  está socialmente engrasada para ver dibujos animados o para creer en estupideces que seguramente no inculcarías en el futuro a tus propios hijos. En plena ebullición de mi infancia madura, me di cuenta que el mundo podría tener otro contexto, otro sabor y por qué no otro rumbo.  Entre tanto,  cuando aún permanecía en mi profunda inspección entre vinilos sutilmente rayados, cassettes doblados por el imprudente calor calor y videos vhs mal regrabados desde la televisión, mis notas escolares no eran precisamente las que todo padre de familia desearía. Falta de atención o dejadez con los deberes empapelados. Usuales baches que solían ser el mal común de muchos niños que andaban deseosos por descubrir nuevos mundos ¿Y a qué niño le gusta estudiar? Los niños quieren aprender y sin duda alguna ese terminó siendo mi lema silencioso desde aquella época. Un buen día, y estando aún aquejado por el virus matemático, era una tarde del año  ’93 cuando de pronto llegó un nuevo profesor particular a casa de mis padres. Un joven cualquiera de rizos oscuros que aducía ser profesor de números, el gran enemigo infantil de muchos. Ese hombre estaba predestinado a ser mi salvador académico. Sin embargo, todos éramos conscientes que la razón principal de su vocación pedagógica respondía sin duda a la necesidad por recolectar algunos billetes para  su ingesta alcohólica de esa noche. Después de hora y media de clase sin pausa, grande fue su sorpresa cuando al inspeccionar  mi biblioteca, dónde solía estudiar a regañadientes, observó mi arsenal musical al lado de un escritorio metálico  de oficina, herencia desafortunada de mi padre. Entendí su impresión con los años, pues lo normal sería que viera libros de primaria, revistas de comics o cuentos infantiles que suelen atontar a los niños. Aquel individuo preguntó: ¿Esa música es tuya? Y al oír mi respuesta afirmativa sólo atino a decirme con gran satisfacción en sus ojos: ¡Qué chévere que un chibolo de tu edad escuche esta música! De repente, cogió su maletín carcomido y sacó su walkman Phillips, el ipod maravilloso de los años 80’s y exclamó, mira campeón tengo uno de mis  cassettes favoritos ahora conmigo, te lo dejaré y la próxima clase que te dé me dices que te pareció. El grupo se llama The Doors, las puertas en español y seguramente nunca entiendas las letras hasta que crezcas lo suficiente pero estoy seguro que esta música marcará un poco tu vida como marcó la mía. Después de esa tarde de sábado nunca más volví a ver a aquel profesor y por ende su cassette favorito pasó al bando de mis riquezas musicales. Veinte años después, con un sinfín de alegres batallas y tristes pero intensas satisfacciones encima, la vida continúo su rumbo, aquel rumbo que inventé cuando era niño. Jim Morrison pasó de ser un ícono de cassette para convertirse en mi particular ejemplo de supervivencia en este mundo cada vez menos pensante y sumamente plástico. ¿Cuántas noches no me habré encomendado a su majestad el Rey Lagarto? Son infinitas las historias que me relacionan con su música y filosofía de vida. El día que llegué a París, en pleno mágico otoño europeo, cumplí mi sueño de visitar la tumba de quien fuera mi héroe de infancia, un héroe reflejado ahora como un fantasma acompañante en mi viaje sideral de cada día. Estando cerca de su epitafio, se me vinieron a la mente muchas etapas de mi vida, musicalizadas como bien dije al inicio, pues la música marcó mi vida plagándola de grandiosos e imborrables recuerdos. Una sensación exquisita de saber que el círculo finalmente se había cerrado. Y más hermosa ha de ser esta historia, cuando entendí porque  mi pequeña niña de ocho años también empezaba a llevar la camiseta de Jim Morrison y tarareaba dulcemente su música aunque  sin entenderla. Sin duda, la vida ha de ser un circuito genuino que da vueltas en sí misma orbitando al ritmo de nuestros sueños. Un círculo que se retroalimenta con nuestra esencia a través del tiempo y que va pasando de generación en generación de manera sólida y silenciosa. Ya lo decía William Blake, "Si las puertas de la percepción fueran limpiadas, todo aparecería ante el hombre tal como es, infinito" Pues de nada sirve ponerle límites a nuestro espíritu aventurero y ansioso por descubrir lo indescubrible, algo que significaría mutilar nuestra capacidad para crear nuestra propia identidad con el tiempo. De niños inventamos héroes pero pocos se dan cuenta que en realidad perfilamos nuestro futuro ser. Aquel profesor nunca se convertiría precisamente en mi mentor matemático, sin embargo, logró en mi algo más importante que marcaría finalmente mi destino. Y es que la realidad viene del pasado, y el pasado no existe, es todo tan cierto, como que cuando nos miramos al espejo sólo alineamos nuestros ojos pensando en el futuro aún también inexistente. 


"Cimetiere du  Père Lachaise, París"
Otoño del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S


domingo, 2 de septiembre de 2012

Jaula de Pájaros



Las sorpresas callejeras siempre abundan en un verano plagado de colores. Al menos, esa es la sensación que te invade cuando caminas libremente por las calles de ciudades europeas, abiertas de par en par al mundo y a su infinidad de costumbres. Es por eso, que no resulta nada extraño ver manifestaciones sociales de todo tipo y cada dos por tres. Viviendo en Alemania, uno de los países más conservadores a través de la historia, grande fue mi impresión cuando  me encontré por primera vez con una comparsa de hombres defendiendo su libertad de expresión. Curiosamente, el tema no era otro que la defensa de sus derechos sexuales, y prefiero llamarle derechos antes que opciones, pues para mí en particular, la sexualidad ha de ser estrictamente un derecho y no un amplio abanico de posibilidades, como muchos equívocamente difunden y mal interpretan.  Pues bien,  un centenar de hombres alemanes, robustos y grandes, que seguramente aún comandan a sus familias en los registros civiles, hombres que perdieron la vergüenza y que optaron por ser auténticos antes que hipócritas con ellos mismos y que prefieren danzar antes que ocultarse. Hombres libres que caminan orgullosos de ser lo que son y que ya no temen a los ojos juzgadores de los demás.  Toda esta expresión social me impresionó bastante en un sentido positivo. Sinceramente, seas homofóbico o defensor acérrimo de los homosexuales, lo único rescatable de esta convivencia social ha de ser la capacidad de tolerancia que este mundo debería contemplar.  A inicios de los años 90 todo era muy diferente. Al menos ese era mi pensamiento mientras vivía felizmente sumergido en mi sobreprotectora burbuja familiar, típica familia limeña clasemediera de buenas costumbres y prohibiciones razonables.  Sin embargo, crecer en una sociedad alarmantemente hipócrita, como casi todas, aún así no resultaba un problema sino más bien un estilo de vida al que debíamos acostumbrarnos.  De niño me contaban mentiras en la escuela, mentiras que eran confirmadas por mi familia, no por un tema de convicción sino más bien por no complicarme la vida a tan corta edad. En la televisión, la gran mentira de la humanidad, se solían usar temas prohibidos para lucrar de ellos. Uno de esos grandes temas siempre fue la homosexualidad, una moda tomada como virus e interpretada de “mariconismo” divertido. Siempre me pregunté si esos personajes de la televisión eran realmente circenses o es que en realidad podrían existir seres humanos de esa naturaleza. Hoy por hoy y  en pleno siglo 21, considerarse un habitante moderno de este mundo, demanda sin duda alguna un profundo respeto hacia todos y a la vez ser practicante y promotor constante de la tolerancia. No obstante, yo nunca seré defensor de la  homosexualidad pero tampoco justifico que se les juzgue por el sólo hecho de ser diferentes. Cada quien vive en su mundo personal pero no debemos olvidar que pertenecemos a un mundo común donde todos hemos de ser diferentes y sumamente criticables.  Un trío de hombres camina alegremente mientras les sonríen a la gente. Vestidos para la ocasión, intentan expresar algo que muchos de nosotros aún no podemos, es decir, nuestra propia identidad y lo más difícil, manifestar nuestra verdadera esencia a este mundo cada vez más inmundo.


"Calles de Stuttgart, Alemania"
Verano del 2012 
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S


jueves, 30 de agosto de 2012

Jesucristo Urbano



Ser agnóstico en éstas épocas resulta todo un privilegio. Caminar por las calles y confirmarte como un miembro más de la galaxia, sin ataduras religiosas ni hipocresías que disimular, puede convertirse en una aventura indescriptible ante el paladar de quienes nos consideramos "seres humanos". ¿Existe Dios? Miles de veces me repetí esta pregunta durante mi infancia y pubertad, con desesperado ahínco e ingenua valentía, en aquella  cárcel escolar católica agustina donde curiosamente fui mal educado. Ciertamente, cuando conoces al enemigo desde dentro terminarás amándolo más u odiándolo menos. Y en mi caso, como en muchos más, esta arcaica lección educativa  y poco razonable a la vez, terminó logrando en mí totalmente la antítesis de aquel buen proyecto de hombre ante los ojos de Dios y que tanto esperaba de mí aquella fanática y obsoleta iglesia. Yo no creo en Dios padre todopoderoso creador del cielo y de la tierra. Yo no creo en Jesucristo su único hijo que fue crucificado por todos nuestros pecados... ¡Momento! ¿Su único hijo? Fue un acertijo que cual rayo divino explosionó en mi cabeza. Un buen día, porque siempre llega "el día" en los cuentos, después de muchos años aquella tara religiosa-educativa retornó a mi mente y esta vez sin pedir permiso. ¿Sería posible tener frente a mí a lo más parecido a Jesucristo que había visto en mi vida? Si bien sabemos, el Jesucristo verdadero no tenía parecido alguno con el rostro angelical  ni el físico casi atlético, ostentado eso sí por el amante homosexual del gran Miguel Ángel, no obstante y pese a ser una imposición eclesiástica, como tantas otras, sobre la imagen del hijo de Dios, era la única forma de hacernos una idea de cómo podría ser realmente él.  ¡Qué sensación tan extraña! Identificar a un hippie perro flauta, sin camiseta en pleno mes de mayo y mochila encima, andando desinhibidamente y sin prejuicios por las calles paganas. Era inevitable no mirarlo por menos de cinco segundos y no pestañear en el intento. Decenas de japoneses, cuando no, lo fotografiaban sin cesar entre turistas, curiosos e incrédulos. Aquel Jesucristo urbano  de barba antihigiénica y cabellera desalineada, sacó un cigarrillo estropeado de su maltrecho pantalón y le pidió fuego a un indigente rumano apostado en el suelo. Se apoyó en una pared a disfrutar de su minuto cancerígeno y se dedicó a contemplar el panorama plagado de ciervos adoradores de su padre. Unos minutos más tarde, un policía municipal se le acercó para recriminarle por el sólo hecho de andar sin camiseta y fumar a puertas de una iglesia protestante. Él hijo de Dios atinó a sonreírle y le quedó muy claro que los tiempos aún no habían cambiado, ya que las autoridades le seguían discriminando por ser como es y aún así osaban  en expulsarlo  de su mísmisima casa, todo esto le resultaría familiar como ya lo habían hecho decenas de siglos atrás. Aquel  individuo espigado y peludo, mal alimentando y sumamente pintoresco desapareció rápidamente del lugar y sin dejar algún rastro de su existencia se esfumó entre la multitud de la gente. Finalmente, Jesucristo era de carne y hueso, fumaba tabaco barato y  desde luego no usaba objetos valiosos.  ¿Y escucharía rockandroll?



"Calles de Stuttgart, Alemania"
Primavera del 2012

Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

 

domingo, 26 de agosto de 2012

Criaturas de Dios



Superar la veintena de grados celsius y darte un paseo a pie suele ser  una experiencia agradable. Si a esto, le acompañamos un paisaje pintoresco repleto de gente interesante, podríamos aseverar que sin duda alguna  será el pasatiempo perfecto. Pues bien, la brújula de mis aventuras me llevó al centro universal de la religión por excelencia, en otras palabras, me encontraba en la ciudad del Vaticano, tierra divina de mitos, falacias, motines y demonios vestidos de santos. Cámara en mano, camiseta de los Doors y una desalineada apariencia, me dispuse a recorrer sus mini calles y enriquecer mi vista con tantos colores humanos, más curiosos que adeptos, gente rara que deambulaba sin motivos pero con la grandeza de sentirse importantes y afortunados de estar situados en el epicentro de la iglesia católica, la gran secta a través de la historia.  Un grupo de monjas coreanas rendían plegarias a un “Dios” que seguramente ni les escuchaba y aún así les regaló un cielo nuboso cargado de lloviznas molestosas. Oírlas rezar y cantar a un ritmo vertiginoso con sutiles toques orientales, me pareció una experiencia fascinante.  Tan fascinante que me recordó  a mi primer desenfreno personal convertido en catarsis cuando allá por el año '97 acudí a mi primer concierto de los legendarios Deep Purple. Esa sensación de estar viendo a tus dioses, de los cuales sólo escuchaste por otros, viste en videocassettes, o leíste por libros y revistas. A diferencia de estas obstinadas monjitas del lejano oriente, yo poseía un  suculento material didáctico para poder adorar a mis seres divinos del rockandroll, y teniendo en cuenta qu logré verlos cara a cara en la plenitud de mi pubertad, la pleitesía eterna estaba más que asegurada.    En cambio, para ellas como para una infinidad de seguidores y creyentes en la divinidad de su particular “Ser Supremo” Dios sería algo así como “la mujer perfecta” lo es para los hombres pensantes, es decir, la imaginamos a nuestro libre antojo pero estamos seguros que jamás la conoceremos. Un grupo de niños nórdicos e impacientes, en el día de su primera comunión, azuzados por la ceguera religiosa de sus padres, son invadidos por las  sonoras monjitas coreanas. Una mixtura católica de emociones y pánicos por parte de ambos bandos. Sólo ante los ojos de Dios, la mezcla racial de sus criaturas se convierte en una fina hipocresía, y en lo que respecta a mi, en un placer exótico para mi ojo fotográfico. Pues dicho todo esto, supongo que creer en “Dios” por estas épocas podría parecer un tanto absurdo. Sin embargo, ser religioso resulta ser ya un acto de  ilusa valentía, por el incesante “que dirán” y asimismo  por las dudosas causas que te impulsan a serlo. No obstante, teniendo en cuenta el  profundo menosprecio a la amplia capacidad de razonamiento que esta arrolladora modernidad nos ofrece y casi impone, la religión ha de ser una tara casi innata y de la cual pocos se librarán orgullosamente. 


"Ciudad del Vaticano"
Primavera del 2010

Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S