viernes, 7 de septiembre de 2012

Una plegaria Morrisoneana



Uno de los placeres más exquisitos para el ser humano ha de ser la música. Ya lo decía el gran Friedrich Nietzche, impulsor de tantas otras bombas filosóficas, “la vida sin música es un error”. Y que error más flagrante el sólo hecho de vivir reducido a una existencia, tan muda como estéril, sin poder vincularnos a las melodías innatas de nuestras propias vivencias. Una vida sometida al silencio no elegido y hasta quizás mal impuesto. Por suerte, y si hay algo que tendré que agradecer siempre a mis padres, es la riqueza musical que me brindaron a través de mi infancia. Una educación, casi sin darse cuenta, pero tan importante que me permitió llegar a conocer a tantos genios, reyes, fantasmas, magos, brujos y demás impresionantes personajes que, de manera libre e infinita, sólo mi mente melómana podría contemplar. Aún recuerdo mi primer cassette no robado de la guantera del auto de mi padre, una joya musical que respondía al nombre de  “los mejores éxitos” de los Beatles, como olvidar mi primera travesía aventurada con “Tobacco Road” de Eric Burdon o mi gran emoción rozando el miedo al ver la película “The Wall” de Pink Floyd, inteligentemente amplificada por mi hermano Pepe.  Dicen que cuando tienes siete años de edad, tu mente  está socialmente engrasada para ver dibujos animados o para creer en estupideces que seguramente no inculcarías en el futuro a tus propios hijos. En plena ebullición de mi infancia madura, me di cuenta que el mundo podría tener otro contexto, otro sabor y por qué no otro rumbo.  Entre tanto,  cuando aún permanecía en mi profunda inspección entre vinilos sutilmente rayados, cassettes doblados por el imprudente calor calor y videos vhs mal regrabados desde la televisión, mis notas escolares no eran precisamente las que todo padre de familia desearía. Falta de atención o dejadez con los deberes empapelados. Usuales baches que solían ser el mal común de muchos niños que andaban deseosos por descubrir nuevos mundos ¿Y a qué niño le gusta estudiar? Los niños quieren aprender y sin duda alguna ese terminó siendo mi lema silencioso desde aquella época. Un buen día, y estando aún aquejado por el virus matemático, era una tarde del año  ’93 cuando de pronto llegó un nuevo profesor particular a casa de mis padres. Un joven cualquiera de rizos oscuros que aducía ser profesor de números, el gran enemigo infantil de muchos. Ese hombre estaba predestinado a ser mi salvador académico. Sin embargo, todos éramos conscientes que la razón principal de su vocación pedagógica respondía sin duda a la necesidad por recolectar algunos billetes para  su ingesta alcohólica de esa noche. Después de hora y media de clase sin pausa, grande fue su sorpresa cuando al inspeccionar  mi biblioteca, dónde solía estudiar a regañadientes, observó mi arsenal musical al lado de un escritorio metálico  de oficina, herencia desafortunada de mi padre. Entendí su impresión con los años, pues lo normal sería que viera libros de primaria, revistas de comics o cuentos infantiles que suelen atontar a los niños. Aquel individuo preguntó: ¿Esa música es tuya? Y al oír mi respuesta afirmativa sólo atino a decirme con gran satisfacción en sus ojos: ¡Qué chévere que un chibolo de tu edad escuche esta música! De repente, cogió su maletín carcomido y sacó su walkman Phillips, el ipod maravilloso de los años 80’s y exclamó, mira campeón tengo uno de mis  cassettes favoritos ahora conmigo, te lo dejaré y la próxima clase que te dé me dices que te pareció. El grupo se llama The Doors, las puertas en español y seguramente nunca entiendas las letras hasta que crezcas lo suficiente pero estoy seguro que esta música marcará un poco tu vida como marcó la mía. Después de esa tarde de sábado nunca más volví a ver a aquel profesor y por ende su cassette favorito pasó al bando de mis riquezas musicales. Veinte años después, con un sinfín de alegres batallas y tristes pero intensas satisfacciones encima, la vida continúo su rumbo, aquel rumbo que inventé cuando era niño. Jim Morrison pasó de ser un ícono de cassette para convertirse en mi particular ejemplo de supervivencia en este mundo cada vez menos pensante y sumamente plástico. ¿Cuántas noches no me habré encomendado a su majestad el Rey Lagarto? Son infinitas las historias que me relacionan con su música y filosofía de vida. El día que llegué a París, en pleno mágico otoño europeo, cumplí mi sueño de visitar la tumba de quien fuera mi héroe de infancia, un héroe reflejado ahora como un fantasma acompañante en mi viaje sideral de cada día. Estando cerca de su epitafio, se me vinieron a la mente muchas etapas de mi vida, musicalizadas como bien dije al inicio, pues la música marcó mi vida plagándola de grandiosos e imborrables recuerdos. Una sensación exquisita de saber que el círculo finalmente se había cerrado. Y más hermosa ha de ser esta historia, cuando entendí porque  mi pequeña niña de ocho años también empezaba a llevar la camiseta de Jim Morrison y tarareaba dulcemente su música aunque  sin entenderla. Sin duda, la vida ha de ser un circuito genuino que da vueltas en sí misma orbitando al ritmo de nuestros sueños. Un círculo que se retroalimenta con nuestra esencia a través del tiempo y que va pasando de generación en generación de manera sólida y silenciosa. Ya lo decía William Blake, "Si las puertas de la percepción fueran limpiadas, todo aparecería ante el hombre tal como es, infinito" Pues de nada sirve ponerle límites a nuestro espíritu aventurero y ansioso por descubrir lo indescubrible, algo que significaría mutilar nuestra capacidad para crear nuestra propia identidad con el tiempo. De niños inventamos héroes pero pocos se dan cuenta que en realidad perfilamos nuestro futuro ser. Aquel profesor nunca se convertiría precisamente en mi mentor matemático, sin embargo, logró en mi algo más importante que marcaría finalmente mi destino. Y es que la realidad viene del pasado, y el pasado no existe, es todo tan cierto, como que cuando nos miramos al espejo sólo alineamos nuestros ojos pensando en el futuro aún también inexistente. 


"Cimetiere du  Père Lachaise, París"
Otoño del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S


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