miércoles, 26 de septiembre de 2012

Abuela Miseria



Cuenta la historia que en las afueras de un inhóspito pueblo del norte africano, vivía una anciana muy vieja y  tan arrugada como una vieja manzana. Esa anciana era muy pobre, tan pobre que no tenía casi nada para vivir más que una pequeña choza, una mesa, una silla, una cama, un poco de fuego para pasar el invierno y nada más. No obstante, sí tenía algo de valor.  Aquella anciana poseía un pequeño jardín y en él había un viejo árbol de manzanas y ese manzano no era como cualquier árbol, ya que  daba las frutas más gordas, ricas, sabrosas y jugosas de todo el mundo. Sin embargo, ese era justamente era el gran problema con la anciana porque cada vez que las manzanas estaban maduras venían los mocosos del barrio, se trepaban en el árbol y robaban todas las deliciosas manzanas. Ante esta palomillada constante,  la pobre abuela se quedaba siempre sin nada, tan sólo sus inmensas ganas de comer sus añoradas manzanas, esas ganas que uno no puede satisfacer, que arrugan la piel y ensucian el pensamiento. Entre tanto pasaban los años y cada día la pobre anciana, sentadita delante de su fuego, esperaba la muerte. La deseaba fuerte, no tenía otra cosa que hacer en su lúgubre y miserable vida. La gente del pueblo, siempre lista para burlarse de los más pobres o desprotegidos, le llamaban “¡Abuela miseria!, ¡Abuela miseria! ¡Jajajajajaja!”, mientras se burlaban vilmente de ella. Un buen día,  tocó a su puerta un hombre todo vestido de blanco con barba blanca y rostro bondadoso. Él entró y le dijo “Abuela miseria, sé que no has tenido muchas cosas en tu vida ni mucha suerte, así que puedes pedirme lo que quieras y te lo daré”. ¡Qué podía pedir la abuela, qué difícil de contestar esa pregunta! Se puso a reflexionar y finalmente dijo “Lo único que quiero es comer mis manzanas, no quiero que nadie pueda ni subir ni bajar del árbol sin mi permiso.” “¿Es eso nomás?” dijo el hombre de blanco, “¡Concedido! Ya verás...” y el hombre se fue y la abuela miseria se puso a esperar. Y finalmente vino la época de los frutos gordos, sabrosos, maduros, y con ello también vino la época de los mocosos del barrio. Como de costumbre, los niños se treparon en el árbol e iban a coger las manzanas cuando de pronto se quedaron totalmente prendidos en el árbol sin poder moverse. “Abuela miseria, abuela miseria, ¡ayúdanos!” “¡No, no, qué lindo, niñitos en mi arbolito, qué decorativo!” “Abuela miseria por favor...” Sin embargo, la abuela miseria no quiso saber nada y dejó a los niños secándose en el árbol durante muchas horas. Finalmente, como ella no era mala, les dejo bajar sabiendo que les habías dado una gran lección y estos se fueron corriendo, asustados, prometiendo nunca más volver. Así que ahora la abuela miseria podía comer sus manzanas. Imagínense la primera, después de tantos años de espera. Nadie puede describir esa felicidad en su arrugado rostro, pero lo que sí se sabe es que la abuela miseria se olvidó de lo que pensaba antes sobre la muerte. Hasta que un día tocó la puerta su choza otro hombre todo vestido de negro con cara pálida, era la muerte. La muerte entró y le dijo “Abuela miseria, como estás, soy la muerte. Sé que me has llamado muchas veces pero no tenía tiempo para venir, tú sabes que tengo tanto trabajo en la tierra pero acá estoy, hoy te toca, ven conmigo, te llevaré al más allá y verás concluida tus tristezas en la tierra” En ese momento la abuela empezó a pensar de verdad en la muerte y en el olor de la tierra húmeda. Ya no quería morir, total ya tenía sus manzanas, era feliz. Así que dijo “Muerte... no seas malita, sabes que  el camino ha de ser bien largo hasta el más allá... y soy una anciana muy vieja. ¿No podrías alcanzarme unas manzanitas de mi arbolito para el camino? Quisiera disfrutar de ellas antes de morir”. La muerte sonrío y accedió a su pedido. Subió en el árbol y la muerte se dispuso a coger una manzana de aquel viejo manzano cuando de pronto se quedó pegada, prendida del árbol  también sin poder moverse! “Oye, abuela miseria, libérame, la muerte no puede quedarse así en un árbol”. “¡Si, si, que lindo la muerte en mi arbolito, qué decorativo!”. Y la muerte se quedó en el árbol de la abuela miseria. Entre tanto el mundo era un caos ya que ninguna flor se moría, las yerba crecían indiscriminadamente, nadie podía caminar en ningún lado, y no se podía ver el cielo de tantos insectos que había. En los hospitales ya no había sitio para los moribundos que no se explicaban el porqué de su existencia. Lo peor sucedía en los campos de batalla, las cabezas por un lado, los cuerpos por otro y todo eso moviéndose aún con vida. Era una realidad horripilante que dejaba impotente a  la muerte incapaz de hacer algo para remediarlo. Así que un buen día, la muerte decidió hacer un trato con la abuela miseria. “Abuela miseria, vamos a hacer algo. Tú me dejas bajar de tu árbol y seguiré haciendo mi trabajo tan necesario para todos. Y te prometo que yo nunca te llevaré, te quedarás para siempre en la tierra”  La abuela valoró su oferta y la aceptó sin reflexionar mucho en ello. La muerte fue liberada y se fue para nunca más volver. La abuela miseria se convirtió en inmortal y con ella la miseria se quedó y se quedará para siempre en el corazón de los hombres y las mujeres de la tierra. Felizmente, no hay solamente miseria en esta historia,  ya que en el jardín de la miseria hay un árbol, un manzano que florece en primavera, que crece en el corazón de los hombres dignos y ese árbol se llama esperanza.



"En un asentamiento bereber a las afueras de Marrakech, Marruecos"
Verano del 2010
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S



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