sábado, 24 de noviembre de 2012

Noctámbulos













Había un intermedio, nos habíamos sentado y entonces acudió también el lindo y joven señor Piero, el del saxofón, nos saludó con la cabeza y se sentó junto a Valentina. Me pareció ser muy buen amigo suyo. Pero a mí, confieso, en aquel primer encuentro no acababa de gustarme en absoluto este señor. Hermoso era, no podía negarse, hermoso de estatura y de cara; pero otras prendas no pude descubrir en él. También aquello de los muchos idiomas le resultaba una futesa; en efecto, no hablaba absolutamente nada, sólo palabras como perdón, gracias, desde luego, ciertamente, haló y otras por el estilo, que efectivamente sabía en varias lenguas. No; no hablaba nada el señor, y tampoco parecía pensar precisamente mucho este apuesto italiano caballero. Su ocupación era tocar el saxofón en la orquesta del jazz, y a esta ocupación parecía entregado con cariño y apasionamiento, alguna vez salía aplaudiendo de pronto durante el número o se permitía otras expresiones de entusiasmo; soltaba algunas palabras cantadas en voz alta, como ¡hooo, ho, ho, halo!. Pero por lo demás no estaba evidentemente en el mundo más que para ser bello, gustar a las mujeres, llevar los cuellos y muchas sortijas en los dedos. Su conversación consistía en estar sentado con nosotros, sonreímos, mirar a su reloj de pulsera y liar cigarrillos, en lo que era muy diestro. Sus ojos de bambino curtido y azulado como el destino, bucles que no ocultaban ningún romanticismo, ningún  problema, ninguna idea; visto desde cerca era el semidiós exótico de la salsa. Un joven alegre y un tanto consentido, de maneras agradables y nada más. Hablé con él de su instrumento y de tonalidades en la música de jazz; él no pudo por menos de darse cuenta de que tenía que habérselas con un viejo catador y conocedor de cosas musicales. Pero él no abordaba en modo alguno estas cuestiones, y mientras que yo, por cortesía hacia él, o más verdaderamente hacia Valentina, emprendía algo así como una justificación teórico-musical del jazz, se sonreía inofensivo de mí y de mis esfuerzos, y probablemente le era enteramente desconocido que antes y además del jazz había habido alguna otra clase de música. Era lindo, y gracioso, una enfermedad entre las mujeres y hombres de esta parte toscana del mundo antiguo. Sonreía de modo encantador con sus grandes ojos vacíos; pero entre él y yo parecía no haber nada en común; nada de lo que para él venía a resultar importante y sagrado, podía serlo también para mi, nosotros veníamos de partes del mundo opuestas, no teníamos una sola palabra común en nuestros idiomas. Sin embargo, más tarde me contó Valentina cosas maravillosas. Refirió que Piero, después de aquella conversación, le dijo acerca de mi que ella debía tener mucho cuidado con este hombre, que era el pobre tan desgraciado. Y al preguntarle ella de dónde lo deducía, dijo: Pobre, pobre hombre. Mira sus ojos. No sabe reír. Cuando aquel día el de los ojos azulados se hubo despedido y la música volvió a tocar, se levantó Valentina.  Ahora podrías volver a bailar conmigo, Don. ¿O no quieres bailar más? También con ella bailé ahora más fácil, más libre y más alegremente, aun cuando no tan ingrávido y olvidado de mi mismo como con aquella otra. Valentina dejó que yo la llevara y se plegaba a mí delicada y suavemente, como la hoja de una flor, y también en ella encontré y sentí ahora todas aquellas delicias que unas veces venían a mi encuentro y otras se me alejaban; también ella olía a mujer y a amor, también su baile cantaba delicada e íntimamente la atrayente canción deliciosa del universo; y, sin embargo, a todo esto no podía yo responder con plena libertad y alegría, no podía olvidarme y entregarme por completo. Valentina me estaba demasiado cerca, era mi camarada, mi hermana, era mi igual, se parecía a mí mismo durante mi juventud, el soñador, el poeta, compañero de mis ejercicios y correrías espirituales.  Lo sé, dijo ella después, cuando hablamos de esto. Lo sé bien y yo he de hacer desde luego todavía que te enamores de mi, pero no hay prisa. Primero, somos camaradas, somos personas que esperan llegar a ser amigos, porque nos hemos conocido mutuamente. Ahora queremos los dos aprender el uno del otro y jugar uno con otro. Yo te enseño mi pequeño teatro, te enseño a bailar y a ser un poquito alegre y tonto, y tú me enseñas tus ideas y algo de tu decencia y porque no de tu ciencia. Ah, Valentina, en eso no hay mucho que enseñar; tú sabes muchísimo más que yo. ¡Qué persona tan extraordinaria eres, muchacha! En todo me comprendes y te me adelantas. ¿Soy yo, acaso, algo para ti? ¿No te resulto aburrido?  Y es que la vida Don, ha de ser como el jazz. Melodía exótica para el alma pero imposible para este mundo tan mundano y alérgico a criaturas de la bella noche como siempre lo seremos tú y yo, atinó.


"La noche fiorentina suena a Jazz, Italia"
Primavera del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

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