Las sorpresas callejeras siempre abundan en un verano plagado de colores. Al menos, esa es la sensación que te invade cuando caminas libremente por las calles de ciudades europeas, abiertas de par en par al mundo y a su infinidad de costumbres. Es por eso, que no resulta nada extraño ver manifestaciones sociales de todo tipo y cada dos por tres. Viviendo en Alemania, uno de los países más conservadores a través de la historia, grande fue mi impresión cuando me encontré por primera vez con una comparsa de hombres defendiendo su libertad de expresión. Curiosamente, el tema no era otro que la defensa de sus derechos sexuales, y prefiero llamarle derechos antes que opciones, pues para mí en particular, la sexualidad ha de ser estrictamente un derecho y no un amplio abanico de posibilidades, como muchos equívocamente difunden y mal interpretan. Pues bien, un centenar de hombres alemanes, robustos y grandes, que seguramente aún comandan a sus familias en los registros civiles, hombres que perdieron la vergüenza y que optaron por ser auténticos antes que hipócritas con ellos mismos y que prefieren danzar antes que ocultarse. Hombres libres que caminan orgullosos de ser lo que son y que ya no temen a los ojos juzgadores de los demás. Toda esta expresión social me impresionó bastante en un sentido positivo. Sinceramente, seas homofóbico o defensor acérrimo de los homosexuales, lo único rescatable de esta convivencia social ha de ser la capacidad de tolerancia que este mundo debería contemplar. A inicios de los años 90 todo era muy diferente. Al menos ese era mi pensamiento mientras vivía felizmente sumergido en mi sobreprotectora burbuja familiar, típica familia limeña clasemediera de buenas costumbres y prohibiciones razonables. Sin embargo, crecer en una sociedad alarmantemente hipócrita, como casi todas, aún así no resultaba un problema sino más bien un estilo de vida al que debíamos acostumbrarnos. De niño me contaban mentiras en la escuela, mentiras que eran confirmadas por mi familia, no por un tema de convicción sino más bien por no complicarme la vida a tan corta edad. En la televisión, la gran mentira de la humanidad, se solían usar temas prohibidos para lucrar de ellos. Uno de esos grandes temas siempre fue la homosexualidad, una moda tomada como virus e interpretada de “mariconismo” divertido. Siempre me pregunté si esos personajes de la televisión eran realmente circenses o es que en realidad podrían existir seres humanos de esa naturaleza. Hoy por hoy y en pleno siglo 21, considerarse un habitante moderno de este mundo, demanda sin duda alguna un profundo respeto hacia todos y a la vez ser practicante y promotor constante de la tolerancia. No obstante, yo nunca seré defensor de la homosexualidad pero tampoco justifico que se les juzgue por el sólo hecho de ser diferentes. Cada quien vive en su mundo personal pero no debemos olvidar que pertenecemos a un mundo común donde todos hemos de ser diferentes y sumamente criticables. Un trío de hombres camina alegremente mientras les sonríen a la gente. Vestidos para la ocasión, intentan expresar algo que muchos de nosotros aún no podemos, es decir, nuestra propia identidad y lo más difícil, manifestar nuestra verdadera esencia a este mundo cada vez más inmundo.
"Calles de Stuttgart, Alemania"
Verano del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S
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