jueves, 30 de agosto de 2012

Jesucristo Urbano



Ser agnóstico en éstas épocas resulta todo un privilegio. Caminar por las calles y confirmarte como un miembro más de la galaxia, sin ataduras religiosas ni hipocresías que disimular, puede convertirse en una aventura indescriptible ante el paladar de quienes nos consideramos "seres humanos". ¿Existe Dios? Miles de veces me repetí esta pregunta durante mi infancia y pubertad, con desesperado ahínco e ingenua valentía, en aquella  cárcel escolar católica agustina donde curiosamente fui mal educado. Ciertamente, cuando conoces al enemigo desde dentro terminarás amándolo más u odiándolo menos. Y en mi caso, como en muchos más, esta arcaica lección educativa  y poco razonable a la vez, terminó logrando en mí totalmente la antítesis de aquel buen proyecto de hombre ante los ojos de Dios y que tanto esperaba de mí aquella fanática y obsoleta iglesia. Yo no creo en Dios padre todopoderoso creador del cielo y de la tierra. Yo no creo en Jesucristo su único hijo que fue crucificado por todos nuestros pecados... ¡Momento! ¿Su único hijo? Fue un acertijo que cual rayo divino explosionó en mi cabeza. Un buen día, porque siempre llega "el día" en los cuentos, después de muchos años aquella tara religiosa-educativa retornó a mi mente y esta vez sin pedir permiso. ¿Sería posible tener frente a mí a lo más parecido a Jesucristo que había visto en mi vida? Si bien sabemos, el Jesucristo verdadero no tenía parecido alguno con el rostro angelical  ni el físico casi atlético, ostentado eso sí por el amante homosexual del gran Miguel Ángel, no obstante y pese a ser una imposición eclesiástica, como tantas otras, sobre la imagen del hijo de Dios, era la única forma de hacernos una idea de cómo podría ser realmente él.  ¡Qué sensación tan extraña! Identificar a un hippie perro flauta, sin camiseta en pleno mes de mayo y mochila encima, andando desinhibidamente y sin prejuicios por las calles paganas. Era inevitable no mirarlo por menos de cinco segundos y no pestañear en el intento. Decenas de japoneses, cuando no, lo fotografiaban sin cesar entre turistas, curiosos e incrédulos. Aquel Jesucristo urbano  de barba antihigiénica y cabellera desalineada, sacó un cigarrillo estropeado de su maltrecho pantalón y le pidió fuego a un indigente rumano apostado en el suelo. Se apoyó en una pared a disfrutar de su minuto cancerígeno y se dedicó a contemplar el panorama plagado de ciervos adoradores de su padre. Unos minutos más tarde, un policía municipal se le acercó para recriminarle por el sólo hecho de andar sin camiseta y fumar a puertas de una iglesia protestante. Él hijo de Dios atinó a sonreírle y le quedó muy claro que los tiempos aún no habían cambiado, ya que las autoridades le seguían discriminando por ser como es y aún así osaban  en expulsarlo  de su mísmisima casa, todo esto le resultaría familiar como ya lo habían hecho decenas de siglos atrás. Aquel  individuo espigado y peludo, mal alimentando y sumamente pintoresco desapareció rápidamente del lugar y sin dejar algún rastro de su existencia se esfumó entre la multitud de la gente. Finalmente, Jesucristo era de carne y hueso, fumaba tabaco barato y  desde luego no usaba objetos valiosos.  ¿Y escucharía rockandroll?



"Calles de Stuttgart, Alemania"
Primavera del 2012

Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

 

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