Cuesta arriba en un atardecer de primavera nos costaba, valga la redundancia, coger respiración sin percatarnos de la infinita belleza que nos rodeaba. Un aire toscano plagado de arte por donde se vea. Calles pequeñas y curvilíneas que delataban el hermoso desorden de una sociedad fiorentina de por sí acostumbrada al arte. En una ciudad mágica como Florencia no resulta complicado encontrarse con sorpresas a pie de calle. Mujeres que podrían remplazar a la belleza en el diccionario. Colores de una ciudad amante de los helados y las pizzas. Gente elegante que no pierde la compostura al andar en un suelo casi medieval e incómodo por recorrer. Jóvenes que beben vino sin importarles el mañana. Artistas callejeros que intentan tomar la posta a los genios universales del ayer. Toda esta experiencia tuvo su punto culminante cuando subidos en el monte fiorentino por excelencia, donde reinan los aperitivos y las aventuras, apreciamos a una pareja bailando un tango frente a nuestros ojos. Una experiencia única con vistas a la ciudad de Florencia con el río Arno como protagonista de la aventura. Un atardecer toscano que encandila hasta al más anti-romántico entre los anti-románticos como es mi caso. Muchas pueden ser las imágenes que se te vengan a la mente, en especial cuando toda esta maravillosa imagen va acompañada de un tango maléfico como lo es y lo será siempre “Ya no estás aquí corazón” Y pensar que realmente ya no estás más a mi lado corazón. Sin querer te perdiste en la inmensidad. ¿Y cómo darme cuenta de tu silueta escurridiza en la lentitud de mis sentimientos? Desde que te fuiste soy como aquella pistola oxidada sin las balas de tu amor. Ahora en el alma solo tengo soledad. Aquella ausencia de todo envenenada del silencio y sus consecuencias. ¿Y si ya no puedo verte qué podré hacer? Pensar en ti es una enfermedad incurable como la adicción de aquel drogadicto amante de su desgracia. ¿Y a veces me pregunto por qué dios me hizo quererte, para hacerme sufrir más? ¿Será por mis burlas constantes al infame nazareno? ¿Acaso ser un constante agnóstico me condenó al martirio de tus besos? Y pensar que siempre fuiste la razón de mi existir y aunque nunca creí en nada, adorarte para mí fue religión. Y en tus besos de labial rojo barato encontré el amor de adolescente que asesina hormonas y enferma el alma. Todo el amor que pensé que me brindaste sólo fue el calor de tu pasión. Es la historia de un amor que enumera la lista infinita de desamores. Mujeres hubieron mil y quizás más pero después de ti nada volverá a ser igual. El mejor Don Juan se derretiría ante tus pies. Ni siquiera tu fría belleza me hizo comprender todo el bien y todo el mal. Hoy ya no estás pero siempre nos quedará aquel tango que bailamos juntos en la plenitud de nuestra mundana vida. El mejor premio consuelo para quienes vivimos de las historias y nos ilusionamos soñando cuentos. Como dije al inicio, Florencia en una ciudad mágica que te permite fantasear hasta con las experiencias más simples de la vida.
Primavera del 2010
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S
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