jueves, 4 de octubre de 2012

Una Aventura Arábiga





Y como olvidar aquella vez cuando la brújula de mis viajes me llevó a la otoñal Marrakech y sus 40 calurosos grados. Desde el momento en que pisé tierra marroquí tuve la sensación de haber olvidado objetos esenciales para mi aventura. Sin embargo, lo que realmente iba a echar en falta sería la previsión y el sentido de la orientación, aptitudes en la cual solía caracterizarme hasta ese momento.  Sudores a parte, me dispuse a iniciar mi travesía por aquella ciudad misteriosa, tan bien elegida por Alfred Hitchcock en una de sus aventuras cinematográficas, en mi caso sólo estaba dispuesto a conocer los rincones más inhóspitos de este mágico lugar. Desde el  primer día me vi empapado como a la vez sorprendido por la infinidad de distracciones y pasajes laberínticos que ofrecía este lugar norafricano. No obstante, nunca disfruté tanto el sólo hecho de sentirme perdido por trepidantes callejuelas que en mi vida imaginé, orientándome por la ubicación del dios Sol como bien lo hacían mis ancestros, pues dejar de lado aquella aburrida lógica lineal, a la cual estamos tan occidentalmente acostumbrados, resultó ser una experiencia formidable. Siempre me gustó ser espontáneo e improvisar cuando fuera posible pero al encontrarte con aquel mounstro social llamado la plaza Djemaa el Fna, me vi desbordado sin poder dibujar un destino fijo en mi mente. Ésta fue la plaza más amorfa y concurrida que pude haber visto en mi vida, genuino lugar para rodar el inicio de “El hombre que sabía demasiado” En el momento menos esperado, me vi asaltado por encantadores de serpientes, carruajes de burros pasando a toda velocidad, modernos pufs de cuero plateado y antiguos remedios bereberes para cualquier cosa, desde relaciones personales hasta el alquiler. Marrakech ha de ser sin duda la ciudad de los comerciantes y del regateo. Pues, conseguir atravesar este caótico lugar resulta una tarea más que complicada pero a la vez fascinante, entre vendedores de todo tipo y de todos los objetos inimaginables  sazonados por ese local  aroma seductor que sabe a todo e igualmente a nada, y como no un ambiente genuinamente musicalizado al compás de los aguadores con turbante que tocan las castañuelas.  Aquel lugar ha de ser un espectáculo vibrante y constante, por momentos sientes que te encuentras en una película de los años 50 o quizás en un teatro al aire libre, donde descubres y redescubres miradas y dramas rutinarios perdidos entre la gente que habita esta parte del mundo y los curiosos que se ven atraídos por su extraño encanto. Infinidad de mezquitas y gritos de oración, que parecen arengas de guerra y lamentos que paralizan la ciudad cinco veces al día, y a le vez decoran el espíritu de esta ciudad anclada en un mundo y tiempo muy diferente. Luego de tanto  estrés por la vida cotidiana de los lugareños, lo mejor que hice fue lograr escapar del alboroto y sus respectivos olores optando por  la mejor recompensa, es decir,  sentarme en uno de los grandes balcones que dan a la plaza y contemplar el maravilloso atardecer de Marrakech. El sol poniéndose en el arábigo horizonte rojizo y bien acompañado del whisky marroquí, en otras palabras, un caliente y exquisito té con menta, me permitió contemplar aquel paraje exótico y envenenado de misterio árabe. La inmensidad del sol consumándose a través del desierto y lograr disfrutar de ese momento a cámara lenta ignorando el bullicio de la gente.  Una sensación sui generis que me dejó sin palabras. Ahora me resulta comprensible que grandes personajes del arte como Hitchcock, Yves Saint Laurent,  Jean Paul Gaultier, los Rolling Stones, los Beatles, Led Zeppelin o el mismísimo Jimi Hendrix se encandilaran por Marrakech y su infinita magia.


"Ancianos marroquíes y el mágico atardecer de Marrakech"
Otoño del 2010
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

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