jueves, 20 de diciembre de 2012

Érase unas Melenas




Dicen que cuando uno es niño siempre asocia su infancia a algún héroe más ficticio que real. Durante el verano de 1990 crecía en mí un apetito insaciable por descubrir nuevos universos ajenos a la infantil rutina, tan aburrida  y simple, que me correspondía como un niño normal. Se iniciaban los maravillosos años 90’s y no obstante, yo era un niño proveniente de una Lima clase mediera, convulsiva y preocupante, que respondía al prefacio de una década que fue importante para mi país y también para el mundo en general.  Sin duda alguna, los años 90’s fueron mi infancia, pubertad y adolescencia. Un sinfín de vivencias, tan alegres como tristes o una mezcla de ambas sensaciones pero jamás aburridas, que terminaron por determinar aquella personalidad que practico hasta el día de hoy. Aquel conglomerado de aventuras alegró mi existencia durante los años más importantes de la primera parte de mi vida.  La música, sin duda alguna fue el arma principal que utilicé para adentrarme en mi particular descubrimiento y colonización del mundo que aparecía cada día por mi mente. A través de mis ojos y oídos, supe apreciar momentos inolvidables que marcaron mi vida de pequeño infame y de qué manera. En lo personal, resulta inevitable hablar de música cuando narro parte de mi biografía. Es por ello, que uno de esos hechos trascendentales durante mi niñez se consumó mientras culminaba mis aventurados siete años de edad cuando recibí, de manos de mi padre y mentor varonil, mi primera cinta teledirigida y  grabada en un “cassette” re-grabado. Aquel pedacito de plástico oscuro transparente llamado “Sony de 90 minutos”,  y que respondía por el lado “A” al título de “grandes éxitos del rockandroll” en su etiqueta blanca y azulina, mientras que por el lado “B” una firma que decía Kike, seudónimo eterno de mi padre. El contenido de dicho material musical era más que exquisito para el paladar de quienes amamos la buena música. Un recopilatorio de temas tan profundos como legendarios que pasaban por  la magia de Eric Clapton & Cream,  el estruendoso sonido de Rollings Stones, el exotismo de Eric Burdon, la oscuridad de Black Sabbath, el melódico chillido de Whitesnake y cómo no, las profundas sinfonías del todopoderoso Deep Purple. En el año 90 no existía internet ni medios de comunicación  accesibles sí es que querías enriquecerte de cultura musical, como era mi caso. Mi investigación melómana estaba reducida a recortes de esporádicas revistas de rock o antiguos fanzines coleccionables que solían ofrecer los vendedores ambulantes de la música, aquellos pintorescos personajes quienes tenían la gran labor de regrabarte las melodías originales de algún viejo y olvidado vinilo en algún cassette de 90 minutos. En consecuencia, mi imaginación cumplía una función  determinante en mi investigación musical. Me veía ceñido a aquellos tan necesarios cassettes regrabados con portadas en fotocopia blanco y negro de algún lejano e inhóspito LP. La aventura de crecer conociendo música a través de la imaginación engrandecía mi idea por aquellos titanes del rock, con quienes decidí crecer hasta el fin de los días. Yo estaba seguro que en algún lugar del planeta se encontraba el autor de aquella obra de arte llamada “Child in Time”. Los gemidos sentimentales interpretados por  aquel hermoso y casi esculpido “Ian Gillan”  de cuidada e inmensa cabellera y mirada delatadora típica de una estrella del rock,  jugaron un papel importante para mi. Sin duda, Deep Purple marcó gran parte de mi vida ya que crecí y aprendí mucho con ellos como banda sonora de mi temprana existencia. Recuerdo siempre la primera vez que tuve la oportunidad de ver a mis dioses paganos en vivo. Una noche calurosa de marzo del año 97 llegaron a Lima para regalarnos dos horas  y media de deleite y ensueño musical. El dios “Ian Gillan” recién iniciaba sus  cincuenta y pocos años, en otras palabras, un muchachón como diría mi padre. Aquel ángel del rock poseía una melena larga  aún castaña oscura pero ligeramente maltratada por el paso del tiempo. Su voz manifestaba el cansancio típico de los años post juventud y el prefacio de la verdadera adultez con horizonte a la decadencia humana. Mis titanes se encontraban en la resaca de la vida, algo así como intentando adaptarse a los años de seriedad como exige la ley de la vida, más aún después de tantos años tormentosos de excesos, locura desenfrenada y alegría sin control. Sin embargo, por mi retina estaba viendo a Ian Gillan y los Deep Purple, es decir, sólo podía disfrutar del placer de estar viendo en persona a un dios de mi infancia, del cual siempre me contaron que existía y que por el contrario de  otros dioses que nos intentan imponer de niños, el mío estaba frente a mi cantándome y desde luego haciéndome muy feliz. Aquel sentimiento contenido en ese momento era indescriptible, tal como narra mi padre cuando cuenta la historia sobre aquella noche  donde mi rostro emanó una alegría sin precedentes. Después de aquella noche nada volvió a ser igual y el tiempo desde esa vez  cumplió fielmente con su trabajo, es decir, avanzar para todos sin pausa y cada vez con mayor rapidez. Desde entonces y hasta la actualidad, pasaron por mi retina otros mil y un encuentros en vivo con dioses de mi niñez pero nunca con la intensidad como cuando estuve frente a frente con el mítico Ian Gillan. No obstante, y demostrando que realmente la vida sí suele regalarnos agradables sorpresas, durante este año 2012 ya agonizante, la brújula de mi vida me permitió aterrizar en las gélidas tierras alemanas en pleno mes de diciembre. Mi impresión fue indescriptible cuando me di cuenta que mi estadía coincidía con la presentación en vivo de “Deep Purple” en aquella ciudad donde me encontraba, lo cual significaba que  volvería a ver en persona a mis dioses de la infancia nada más y nada menos que quince años después de aquella primera vez en Lima. Lo que sucedió aquella noche congelada de diciembre no podría describirla con palabras, ya que hay veces en la vida donde las emociones se expresan en silencio y para uno mismo. Sin embargo, el tiempo evidentemente había pasado para todos y sin respeto alguno para muchos. El anciano Ian Gillan con la voz parchada, el pelo canoso corto y una vestimenta de aquel típico hombre que inicia los setenta pero que intenta verse aún ridículamente joven, fue la mejor postal de la noche. Los movimientos torpes y las notas vocales ya casi ausentes, no fueron motivo para que la velada con aquellos titanes del rock deje de ser mágica. Todos habíamos cambiado poco o bastante desde 1997. Mis dioses paganos estaban entrando en la ancianidad por lo que su físico les delataba evidentemente. Pese a eso, la calidad de su música era aún excelente pero con muestras de cansancio en todo momento. En lo personal, yo tampoco era aquel jovenzuelo alocado que melena al viento quería comerse al mundo sin importar las consecuencias.  Ahora mis primeras entradas en la frente, la voz más grave de lo normal y una barriga de orgullo varonil también me delataban sin compasión alguna. Era una realidad y teníamos que aceptarla. Ian Gillan y yo ya no poseíamos aquellas melenas inmensas y todopoderosas que combinaban con nuestros pantalones apretados. Mientras él entraba a la vejez sin retorno, yo iniciaba la adultez de los asuntos serios. Sin embargo, ambos aún éramos fieles y devotos infinitos del rockandroll. Algo que no expira con la vejez ni se extingue por las taras impuestas durante la vida misma. Por este  y mil motivos más, aquel encuentro con Ian Gillan fue más sentimental que el primero, ya que significaba para mí una especie de despedida con aquel personaje de infancia con quien decidí crecer. Ésta vez, acompañado de un gran vaso de cerveza y algunas lágrimas símbolos de mi particular sentimentalismo puro, me despedí de mi dios a mi manera personal y cantando juntos aquellos himnos melodiosos que nunca pasarán de moda para mi, ni para él ni para nadie que esté involucrado realmente en la historia del rock y la buena música. Estoy casi seguro que no volveré a ver en vivo a “Ian Gillan” pero su imagen siempre perdurará en mí a través del tiempo. Así como también perdurará en mí aquella melena inmensa de rebelde con causa que emuló a mis dioses de infancia durante muchos años y que fue mi estandarte de batalla ante la simpleza que, como durante los años de mi infancia, intentó imponerme la hipócrita sociedad con sus tontas artimañas. Al día de hoy y a portas de iniciarme en la década de los 30, me siento realmente  afortunado por haber crecido de una manera diferente y creyendo en dioses que realmente existían y que tuve el placer de ver y disfrutar. Cuando eres niño la imaginación es nuestra religión y los superhéroes son nuestros verdaderos dioses. En lo que a mí respecta, creo que  he logrado satisfacer con creces esa imaginación que alimenté desde niño y por suerte, conservarla intacta hasta el día de hoy. Finalmente, dicen que los dioses  nunca mueren sí es que hay al menos alguien en este mundo realmente dispuesto a rendirles pleitesía, razón por la cual, estoy seguro que Ian Gillan y mis dioses de infancia jamás morirán.

"Emocionante concierto con Deep Purple en Alemania"
Invierno del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S



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