miércoles, 26 de septiembre de 2012

Abuela Miseria



Cuenta la historia que en las afueras de un inhóspito pueblo del norte africano, vivía una anciana muy vieja y  tan arrugada como una vieja manzana. Esa anciana era muy pobre, tan pobre que no tenía casi nada para vivir más que una pequeña choza, una mesa, una silla, una cama, un poco de fuego para pasar el invierno y nada más. No obstante, sí tenía algo de valor.  Aquella anciana poseía un pequeño jardín y en él había un viejo árbol de manzanas y ese manzano no era como cualquier árbol, ya que  daba las frutas más gordas, ricas, sabrosas y jugosas de todo el mundo. Sin embargo, ese era justamente era el gran problema con la anciana porque cada vez que las manzanas estaban maduras venían los mocosos del barrio, se trepaban en el árbol y robaban todas las deliciosas manzanas. Ante esta palomillada constante,  la pobre abuela se quedaba siempre sin nada, tan sólo sus inmensas ganas de comer sus añoradas manzanas, esas ganas que uno no puede satisfacer, que arrugan la piel y ensucian el pensamiento. Entre tanto pasaban los años y cada día la pobre anciana, sentadita delante de su fuego, esperaba la muerte. La deseaba fuerte, no tenía otra cosa que hacer en su lúgubre y miserable vida. La gente del pueblo, siempre lista para burlarse de los más pobres o desprotegidos, le llamaban “¡Abuela miseria!, ¡Abuela miseria! ¡Jajajajajaja!”, mientras se burlaban vilmente de ella. Un buen día,  tocó a su puerta un hombre todo vestido de blanco con barba blanca y rostro bondadoso. Él entró y le dijo “Abuela miseria, sé que no has tenido muchas cosas en tu vida ni mucha suerte, así que puedes pedirme lo que quieras y te lo daré”. ¡Qué podía pedir la abuela, qué difícil de contestar esa pregunta! Se puso a reflexionar y finalmente dijo “Lo único que quiero es comer mis manzanas, no quiero que nadie pueda ni subir ni bajar del árbol sin mi permiso.” “¿Es eso nomás?” dijo el hombre de blanco, “¡Concedido! Ya verás...” y el hombre se fue y la abuela miseria se puso a esperar. Y finalmente vino la época de los frutos gordos, sabrosos, maduros, y con ello también vino la época de los mocosos del barrio. Como de costumbre, los niños se treparon en el árbol e iban a coger las manzanas cuando de pronto se quedaron totalmente prendidos en el árbol sin poder moverse. “Abuela miseria, abuela miseria, ¡ayúdanos!” “¡No, no, qué lindo, niñitos en mi arbolito, qué decorativo!” “Abuela miseria por favor...” Sin embargo, la abuela miseria no quiso saber nada y dejó a los niños secándose en el árbol durante muchas horas. Finalmente, como ella no era mala, les dejo bajar sabiendo que les habías dado una gran lección y estos se fueron corriendo, asustados, prometiendo nunca más volver. Así que ahora la abuela miseria podía comer sus manzanas. Imagínense la primera, después de tantos años de espera. Nadie puede describir esa felicidad en su arrugado rostro, pero lo que sí se sabe es que la abuela miseria se olvidó de lo que pensaba antes sobre la muerte. Hasta que un día tocó la puerta su choza otro hombre todo vestido de negro con cara pálida, era la muerte. La muerte entró y le dijo “Abuela miseria, como estás, soy la muerte. Sé que me has llamado muchas veces pero no tenía tiempo para venir, tú sabes que tengo tanto trabajo en la tierra pero acá estoy, hoy te toca, ven conmigo, te llevaré al más allá y verás concluida tus tristezas en la tierra” En ese momento la abuela empezó a pensar de verdad en la muerte y en el olor de la tierra húmeda. Ya no quería morir, total ya tenía sus manzanas, era feliz. Así que dijo “Muerte... no seas malita, sabes que  el camino ha de ser bien largo hasta el más allá... y soy una anciana muy vieja. ¿No podrías alcanzarme unas manzanitas de mi arbolito para el camino? Quisiera disfrutar de ellas antes de morir”. La muerte sonrío y accedió a su pedido. Subió en el árbol y la muerte se dispuso a coger una manzana de aquel viejo manzano cuando de pronto se quedó pegada, prendida del árbol  también sin poder moverse! “Oye, abuela miseria, libérame, la muerte no puede quedarse así en un árbol”. “¡Si, si, que lindo la muerte en mi arbolito, qué decorativo!”. Y la muerte se quedó en el árbol de la abuela miseria. Entre tanto el mundo era un caos ya que ninguna flor se moría, las yerba crecían indiscriminadamente, nadie podía caminar en ningún lado, y no se podía ver el cielo de tantos insectos que había. En los hospitales ya no había sitio para los moribundos que no se explicaban el porqué de su existencia. Lo peor sucedía en los campos de batalla, las cabezas por un lado, los cuerpos por otro y todo eso moviéndose aún con vida. Era una realidad horripilante que dejaba impotente a  la muerte incapaz de hacer algo para remediarlo. Así que un buen día, la muerte decidió hacer un trato con la abuela miseria. “Abuela miseria, vamos a hacer algo. Tú me dejas bajar de tu árbol y seguiré haciendo mi trabajo tan necesario para todos. Y te prometo que yo nunca te llevaré, te quedarás para siempre en la tierra”  La abuela valoró su oferta y la aceptó sin reflexionar mucho en ello. La muerte fue liberada y se fue para nunca más volver. La abuela miseria se convirtió en inmortal y con ella la miseria se quedó y se quedará para siempre en el corazón de los hombres y las mujeres de la tierra. Felizmente, no hay solamente miseria en esta historia,  ya que en el jardín de la miseria hay un árbol, un manzano que florece en primavera, que crece en el corazón de los hombres dignos y ese árbol se llama esperanza.



"En un asentamiento bereber a las afueras de Marrakech, Marruecos"
Verano del 2010
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S



martes, 25 de septiembre de 2012

Las Caras Lindas



En la China, antigua y milenaria, vivió hace mucho tiempo un pintor llamado Tuo Lan. Era un anciano delgado, de larga y blanca barba y de una mirada aguda, penetrante. Habitaba una modesta cabaña de bambú, situada en las afueras del pueblo. Rara vez salía de su casa, y cuando lo hacía, era tan sólo para ir al mercado a comprar las provisiones para la semana. Luego, después de las compras, se sentaba en un banco de madera, a la salida del mercado, y se dedicaba a mirar los rostros de la gente que entraba y salía del recinto. Así permanecía horas inmóvil, mirando. Cuando volvía a su casa, colocaba sobre la mesa sus pinceles, sus tintas, sus papeles de seda, sus acuarelas y se ponía a pintar. Cada día pintaba siete rostros. Su trabajo lo absorbía completamente, tanto así que no oía ni el viento ni la lluvia ni los pájaros. Al final de la semana, colgaba los trabajos en las paredes y tenía siete veces siete rostros, que tapizaban los muros de su casa. Tuo Lan los contemplaba largamente con las manos cruzadas en la espalda, la cabeza echada hacia un lado y sonreía, porque sentía una secreta satisfacción: la del deber cumplido. Una noche, cuando se afanaba en terminar un retrato, alguien golpeó a su puerta. Era tarde, pero Tuo Lan estaba igualmente trabajando. -¿Quién es? –preguntó, sin levantar la cabeza de la pintura. -Soy la Muerte –respondió una voz potente desde afuera-. Y vengo a buscarte. El viejo se levantó refunfuñando y fue a abrir la puerta. -¡Por Dios! –le dijo-. ¡Qué inoportuna eres! ¡Qué mal momento para venir a buscarme! ¿No ves que estoy a punto de terminar este retrato y me encuentro en la parte más delicada, que es la sonrisa de la muchacha? Y diciendo esto, sin mirar siquiera a la Muerte a la cara, volvió a su mesa de trabajo. La Muerte, alta, imponente, vestida de negro, con una enorme guadaña en las manos, se quedó perpleja. Nunca nadie la había recibido de ese modo. Se acercó a Tuo Lan y, mirando por encima de su hombre, vio el retrato que estaba pintando. Era una sonrisa, era la sonrisa de una hermosa muchacha del pueblo. En su largo recorrido, la Muerte había visto todas las muecas, todos los gestos posibles, sin embargo, nunca se había encontrado así, de frente, con una sonrisa humana. Fue tanta su impresión, que no se atrevió a colocar su esquelética mano sobre la nuca de Tuo Lan. Salió de la casa y se alejó confundida. Cuando estuvo de vuelta en su morada, el Rey de los Cielos la vio aparecer en su palacio con las manos vacías. Entonces, le preguntó con voz áspera: -Bueno, ¿por qué vuelves solas? ¿Qué ha pasado? Y ella respondió:   -Majestad, es que entré a la casa del pintor Tuo Lan y estaba pintando la sonrisa de un rostro infantil y no quise molestarlo hasta que lo terminara. El Rey de los Cielos sonrió y pensó para sí: -¡Qué hombre tan especial debe de ser éste, capaz de intimidar a la propia Muerte! ¡Tengo que conocerlo! Y le ordenó a la de la guadaña que se lo trajera de inmediato, a riesgo de perder su trabajo si no lo hacía, y como los trabajos escasean en todas partes, la Muerte regresó rauda y decidida a la casa del pintor. No se molestó en golpear la puerta. La vela todavía estaba encendida  en la pequeña cabaña de bambú. Al entrar, se encontró a boca de jarro con Tuo Lan, quien la esperaba en medio de la habitación. Se había puesto una vieja túnica raída, unas sandalias igualmente usadas y en el brazo llevaba un gran canasto lleno con sus papeles, sus pinturas, sus pinceles, sus sedas. -¡Por Dios! –le dijo Tuo Lan-. ¿Dónde te metiste? ¡Hace rato que te estoy esperando! ¡Ya, estoy listo, ahora puedes llevarme! Entonces, sin demora, la Muerte lo cubrió con su negra capa y se lo llevó a la otra vida. Tuo Lan entró en el palacio divino. El Rey de los Cielos lo contempló detenidamente desde su trono y vio la figura endeble del anciano mortal, pobremente vestido con ropas cien veces remendadas y cargado de papeles, pinceles y frascos de tinta. -Quiero saber algo –le dijo el Todopoderoso-. Nunca has pintado otra cosa que rostros. ¿Por qué? Y Tuo Lan, mirándolo con sus ojos claros, luminosos, penetrantes, le respondió: -Porque los rostros humanos, Señor, son los paisajes más bellos del mundo. El Rey de los Cielos se levantó de su trono, le tendió la mano y, sonriendo, le dijo: -Ven. Acompáñame. Salieron juntos a un espacioso jardín. En su centro, bajo los árboles y entre las flores, manaba agua cristalina desde una fuente situada en una pequeña gruta cubierta de musgo. Un sol inmóvil brillaba en el cielo. Era la luz ideal, no hacía frío ni calor. -Ésta será tu morada eterna –le dijo el Rey de los Cielos-. Aquí vivirás junto al espíritu de la vida y pintarás rostros, y cada vez que nazca un niño sobre la Tierra, elegirás uno para dárselo. Y tal ha sido, desde el principio y hasta el final de los tiempos, el trabajo de Tuo Lan. De manera que cada vez que nos emocionemos, nos regocijemos o nos enternezcamos ante la belleza, la suavidad y la dulzura del rostro de un recién nacido, no nos olvidemos de agradecer al viejo pintor, al pobre pintor andrajoso, que allá en el cielo sigue pintando caras y rostros para cada uno de nosotros. 


"Calles de Heidelberg, Alemania"
Verano del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

martes, 18 de septiembre de 2012

Amores que matan




La vida detrás de la muerte siempre ha sido un gran enigma para la humanidad. Desde tiempos ancestrales el hombre  ha fantaseado con la idea de morir entre dioses míticos que volvían a la vida como si de dormir se tratase, seres humanos que se reencarnaban en otras especies o hasta el mismísimo hijo de Dios, quien al tercer día osó en resucitar de entre los muertos. Vaya capacidad de ingenio y  quizás hasta de profundo aburrimiento, pues tener que volver a la vida después de muerto seguramente no tendrá que ser una tarea precisamente fácil ni agradable.  ¿Cuántos de nosotros no hemos perdido alguna vez el sueño por miedo a morir? Cuando era niño recuerdo que vivía atormentado con la idea de estar dentro de un ataúd, no sólo por el hecho de estar muerto sino que también por el temor a despertarme otra vez y morirme, valga la redundancia, vilmente asfixiado. Sin embargo,  con el tiempo asimilé que la muerte era un paso inevitable a cumplir en el ciclo de la vida y del cual nadie, salvo sorpresa divina, podría librarse. En la actualidad, el cada vez más absurdo imperio del entretenimiento cineasta y televisivo, ha invertido todo su tiempo y dinero en grandes producciones inspiradas en los muertos vivientes, o mejor dicho en los hoy populares zombies. Ya quedaron atrás aquellas legendarias películas ochenteras donde los muertos, quienes como mala hierba, brotaban de la tierra bailando al ritmo de Michael Jackson. No obstante, los muertos de antes te querían por tu cerebro. Eran adictos a comerse los sesos de la gente y sin importarle la condición intelectual que estos tuvieran.  Aquellos retro zombies eran sin duda unos monstruos  inteligentes ya que no discriminaban tu grado de idiotez. A diferencia de los neo zombies,  insensatos  caníbales que se comen todo lo que ven y que en vez de dar miedo suelen dar asco, los zombies de antes aparecían en la lúgubre noche orquestados al compás de los murciélagos, donde casi siempre perseguían a una inocente y hermosa chica de melena rubia, típica imagen americana donde se mezcla el heroísmo de un galán fornido y físicamente inteligente quien llegará a su rescate para que después de la tragedia ambos sean felices por siempre. Pamplinas aparte, no sé si algún día podrán existir realmente los zombies. El mundo está cada vez más putrefacto que no me atrevería a descartar la posibilidad de que algún parásito de la ciencia invente un virus capaz de convertirnos en muertos vivientes. De llegar aquel día,  quizás logre entenderme con una zombie de mirada dulce y labios podridos. Finalmente, estaré muy seguro que ella al menos me querrá sólo por mi cerebro. 


"Zombiewalk, la marcha de los muertos vivientes en Sitges"
Verano del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S




jueves, 13 de septiembre de 2012

Bienvenido a Catalunya



Cada mes de septiembre se celebra el día nacional de Catalunya. Una fecha importante para los catalanes que añoran con librarse de aquella vieja tara llamada España. Un evento natural en el calendario burocrático que hasta el momento no había trascendido en mi vida como exiliado por estas tierras.  Durante mis años como ciudadano extranjero de Catalunya nunca antes sentí tanta emoción colectiva en un solo lugar como sí pasó el último 11 de septiembre. Una emotividad con grandes dosis de catarsis, alegrías, sueños exteriorizados y peticiones al destino de un pueblo cada vez más consciente y orgulloso de sus raíces. Un clamor monumental  que se convirtió en un hecho histórico al lograr unir a casi dos millones de almas catalanas. Familias enteras, niños, ancianos, madres, jóvenes todos ellos marchando dignamente sobre las calles de Barcelona y a un solo grito ¡Independencia! Aquella manifestación superó todas las estadísticas hasta ese momento. Tal capacidad de  convocatoria ni si quiera lo había logrado  el Barça con sus grandes hazañas deportivas de los últimos años. Y eso que el fútbol no ha de contar como causa de lucha social a pesar de ser un gran motivo de unión para los pueblos. Es por eso, que conseguir unir a tanta gente desde tantos puntos del país sólo podría responder a un noble motivo, es decir, las ansias de libertad de un pueblo de por sí autónomo y con identidad propia desde muchísimos siglos atrás. Tanta algarabía logró contagiarme de este noble sentimiento. Por momentos, recordé cuando era niño y mi padre me llevaba en sus hombros a los mítines socialistas de aquella Lima caótica en plena década de los años 80’s. Sentir tanto valor y profunda entrega para tu nación es un privilegio que pocos solemos experimentar de verdad. ¿Y qué pensaría un niño al ver a toda esa gente gritando el sueño libertario de su país? En ese momento me vi reflejado en aquel dulce niño que levantaba alegremente su brazo a los gritos de independencia. Una mezcla de fuerza y dulzura inexplicable ante las palabras de cualquiera.  Hoy por hoy quizás sólo el futuro ha de saber si es que el sueño catalán se hará realidad. No obstante, Catalunya ya triunfó con este ejemplo de patriotismo ante los ojos de España y del mundo entero, ya que resaltar tus colores sin afán de absurdos nacionalismos ha de ser una tarea nada fácil. Una lección que el pueblo digno de Catalunya plasmó para siempre en la retina de muchos y  a la vez nos enseñó cómo sí es posible expresar el sentido de patria de la forma más hermosa y justa.

"Diada Nacional de Catalunya, Barcelona"
Verano del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S





miércoles, 12 de septiembre de 2012

Inocencia



En épocas de violencia colectiva es difícil encontrar ráfagas de inocencia entre la gente. Muchas trabas nos impiden, en un mundo cada vez menos pacífico,  apreciar la belleza simple que la vida nos ofrece en su estado natural. Contemplar la vida en sí misma sin preguntas, sin peros innecesarios y sin vendas absurdas que sólo permiten cegarnos ante los hechos evidentes, resulta una tarea cada vez menos apreciada. En una sociedad poca humanista centrada en los resultados más que en las formas,  nos parecerá sorprendente y agradable toparnos con alegrías espontáneas a pie de calle.  Un niño alemán tomando una flor entre sus pequeñas manos mientras el mundano mundo le rodea. Dulzura y belleza invencible para la mirada agria y el estéril murmullo de la gente. Él contempla su hábitat desde la pequeña armonía que su corta existencia le ofrece, es decir, la inocencia en el genio y candor en el poder, ambas nobles cualidades expresadas en una imagen.  Y en especial,  mirar con tan profunda inocencia como si no pasara nada, lo cual es cierto. Seres como él  serán inocentes aún en su malicia.


"Calles de Stuttgart, Alemania"
Verano del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S


viernes, 7 de septiembre de 2012

Una plegaria Morrisoneana



Uno de los placeres más exquisitos para el ser humano ha de ser la música. Ya lo decía el gran Friedrich Nietzche, impulsor de tantas otras bombas filosóficas, “la vida sin música es un error”. Y que error más flagrante el sólo hecho de vivir reducido a una existencia, tan muda como estéril, sin poder vincularnos a las melodías innatas de nuestras propias vivencias. Una vida sometida al silencio no elegido y hasta quizás mal impuesto. Por suerte, y si hay algo que tendré que agradecer siempre a mis padres, es la riqueza musical que me brindaron a través de mi infancia. Una educación, casi sin darse cuenta, pero tan importante que me permitió llegar a conocer a tantos genios, reyes, fantasmas, magos, brujos y demás impresionantes personajes que, de manera libre e infinita, sólo mi mente melómana podría contemplar. Aún recuerdo mi primer cassette no robado de la guantera del auto de mi padre, una joya musical que respondía al nombre de  “los mejores éxitos” de los Beatles, como olvidar mi primera travesía aventurada con “Tobacco Road” de Eric Burdon o mi gran emoción rozando el miedo al ver la película “The Wall” de Pink Floyd, inteligentemente amplificada por mi hermano Pepe.  Dicen que cuando tienes siete años de edad, tu mente  está socialmente engrasada para ver dibujos animados o para creer en estupideces que seguramente no inculcarías en el futuro a tus propios hijos. En plena ebullición de mi infancia madura, me di cuenta que el mundo podría tener otro contexto, otro sabor y por qué no otro rumbo.  Entre tanto,  cuando aún permanecía en mi profunda inspección entre vinilos sutilmente rayados, cassettes doblados por el imprudente calor calor y videos vhs mal regrabados desde la televisión, mis notas escolares no eran precisamente las que todo padre de familia desearía. Falta de atención o dejadez con los deberes empapelados. Usuales baches que solían ser el mal común de muchos niños que andaban deseosos por descubrir nuevos mundos ¿Y a qué niño le gusta estudiar? Los niños quieren aprender y sin duda alguna ese terminó siendo mi lema silencioso desde aquella época. Un buen día, y estando aún aquejado por el virus matemático, era una tarde del año  ’93 cuando de pronto llegó un nuevo profesor particular a casa de mis padres. Un joven cualquiera de rizos oscuros que aducía ser profesor de números, el gran enemigo infantil de muchos. Ese hombre estaba predestinado a ser mi salvador académico. Sin embargo, todos éramos conscientes que la razón principal de su vocación pedagógica respondía sin duda a la necesidad por recolectar algunos billetes para  su ingesta alcohólica de esa noche. Después de hora y media de clase sin pausa, grande fue su sorpresa cuando al inspeccionar  mi biblioteca, dónde solía estudiar a regañadientes, observó mi arsenal musical al lado de un escritorio metálico  de oficina, herencia desafortunada de mi padre. Entendí su impresión con los años, pues lo normal sería que viera libros de primaria, revistas de comics o cuentos infantiles que suelen atontar a los niños. Aquel individuo preguntó: ¿Esa música es tuya? Y al oír mi respuesta afirmativa sólo atino a decirme con gran satisfacción en sus ojos: ¡Qué chévere que un chibolo de tu edad escuche esta música! De repente, cogió su maletín carcomido y sacó su walkman Phillips, el ipod maravilloso de los años 80’s y exclamó, mira campeón tengo uno de mis  cassettes favoritos ahora conmigo, te lo dejaré y la próxima clase que te dé me dices que te pareció. El grupo se llama The Doors, las puertas en español y seguramente nunca entiendas las letras hasta que crezcas lo suficiente pero estoy seguro que esta música marcará un poco tu vida como marcó la mía. Después de esa tarde de sábado nunca más volví a ver a aquel profesor y por ende su cassette favorito pasó al bando de mis riquezas musicales. Veinte años después, con un sinfín de alegres batallas y tristes pero intensas satisfacciones encima, la vida continúo su rumbo, aquel rumbo que inventé cuando era niño. Jim Morrison pasó de ser un ícono de cassette para convertirse en mi particular ejemplo de supervivencia en este mundo cada vez menos pensante y sumamente plástico. ¿Cuántas noches no me habré encomendado a su majestad el Rey Lagarto? Son infinitas las historias que me relacionan con su música y filosofía de vida. El día que llegué a París, en pleno mágico otoño europeo, cumplí mi sueño de visitar la tumba de quien fuera mi héroe de infancia, un héroe reflejado ahora como un fantasma acompañante en mi viaje sideral de cada día. Estando cerca de su epitafio, se me vinieron a la mente muchas etapas de mi vida, musicalizadas como bien dije al inicio, pues la música marcó mi vida plagándola de grandiosos e imborrables recuerdos. Una sensación exquisita de saber que el círculo finalmente se había cerrado. Y más hermosa ha de ser esta historia, cuando entendí porque  mi pequeña niña de ocho años también empezaba a llevar la camiseta de Jim Morrison y tarareaba dulcemente su música aunque  sin entenderla. Sin duda, la vida ha de ser un circuito genuino que da vueltas en sí misma orbitando al ritmo de nuestros sueños. Un círculo que se retroalimenta con nuestra esencia a través del tiempo y que va pasando de generación en generación de manera sólida y silenciosa. Ya lo decía William Blake, "Si las puertas de la percepción fueran limpiadas, todo aparecería ante el hombre tal como es, infinito" Pues de nada sirve ponerle límites a nuestro espíritu aventurero y ansioso por descubrir lo indescubrible, algo que significaría mutilar nuestra capacidad para crear nuestra propia identidad con el tiempo. De niños inventamos héroes pero pocos se dan cuenta que en realidad perfilamos nuestro futuro ser. Aquel profesor nunca se convertiría precisamente en mi mentor matemático, sin embargo, logró en mi algo más importante que marcaría finalmente mi destino. Y es que la realidad viene del pasado, y el pasado no existe, es todo tan cierto, como que cuando nos miramos al espejo sólo alineamos nuestros ojos pensando en el futuro aún también inexistente. 


"Cimetiere du  Père Lachaise, París"
Otoño del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S


domingo, 2 de septiembre de 2012

Jaula de Pájaros



Las sorpresas callejeras siempre abundan en un verano plagado de colores. Al menos, esa es la sensación que te invade cuando caminas libremente por las calles de ciudades europeas, abiertas de par en par al mundo y a su infinidad de costumbres. Es por eso, que no resulta nada extraño ver manifestaciones sociales de todo tipo y cada dos por tres. Viviendo en Alemania, uno de los países más conservadores a través de la historia, grande fue mi impresión cuando  me encontré por primera vez con una comparsa de hombres defendiendo su libertad de expresión. Curiosamente, el tema no era otro que la defensa de sus derechos sexuales, y prefiero llamarle derechos antes que opciones, pues para mí en particular, la sexualidad ha de ser estrictamente un derecho y no un amplio abanico de posibilidades, como muchos equívocamente difunden y mal interpretan.  Pues bien,  un centenar de hombres alemanes, robustos y grandes, que seguramente aún comandan a sus familias en los registros civiles, hombres que perdieron la vergüenza y que optaron por ser auténticos antes que hipócritas con ellos mismos y que prefieren danzar antes que ocultarse. Hombres libres que caminan orgullosos de ser lo que son y que ya no temen a los ojos juzgadores de los demás.  Toda esta expresión social me impresionó bastante en un sentido positivo. Sinceramente, seas homofóbico o defensor acérrimo de los homosexuales, lo único rescatable de esta convivencia social ha de ser la capacidad de tolerancia que este mundo debería contemplar.  A inicios de los años 90 todo era muy diferente. Al menos ese era mi pensamiento mientras vivía felizmente sumergido en mi sobreprotectora burbuja familiar, típica familia limeña clasemediera de buenas costumbres y prohibiciones razonables.  Sin embargo, crecer en una sociedad alarmantemente hipócrita, como casi todas, aún así no resultaba un problema sino más bien un estilo de vida al que debíamos acostumbrarnos.  De niño me contaban mentiras en la escuela, mentiras que eran confirmadas por mi familia, no por un tema de convicción sino más bien por no complicarme la vida a tan corta edad. En la televisión, la gran mentira de la humanidad, se solían usar temas prohibidos para lucrar de ellos. Uno de esos grandes temas siempre fue la homosexualidad, una moda tomada como virus e interpretada de “mariconismo” divertido. Siempre me pregunté si esos personajes de la televisión eran realmente circenses o es que en realidad podrían existir seres humanos de esa naturaleza. Hoy por hoy y  en pleno siglo 21, considerarse un habitante moderno de este mundo, demanda sin duda alguna un profundo respeto hacia todos y a la vez ser practicante y promotor constante de la tolerancia. No obstante, yo nunca seré defensor de la  homosexualidad pero tampoco justifico que se les juzgue por el sólo hecho de ser diferentes. Cada quien vive en su mundo personal pero no debemos olvidar que pertenecemos a un mundo común donde todos hemos de ser diferentes y sumamente criticables.  Un trío de hombres camina alegremente mientras les sonríen a la gente. Vestidos para la ocasión, intentan expresar algo que muchos de nosotros aún no podemos, es decir, nuestra propia identidad y lo más difícil, manifestar nuestra verdadera esencia a este mundo cada vez más inmundo.


"Calles de Stuttgart, Alemania"
Verano del 2012 
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S