martes, 27 de noviembre de 2012

Cabaret



Dicen que el cabaret nació con la Revolución francesa en la segunda mitad del siglo XIX. El significado de esta palabra era taberna y se la empezó a utilizar para denominar los shows de espectáculos. El cabaret, era una mezcla de música y baile con el humor, el ilusionismo y otras artes. También se mostraban en muchos shows las pantomimas de homosexuales y lesbianas, un tema tabú para la época pero de mofa general hasta la actualidad y más aún en lares oscuros como éste. Uno de los cabarets más famosos fue el Moulin Rouge de Paris, construido en el año 1889 por el carismático Joseph Oller, y que sin duda fue el que más trascendencia logró a través de muchas décadas. No obstante, Le Chat Noir en Montmartre de Paris en 1881 fue el primer cabaret famoso y asediado por criaturas nocturnas de la ciudad luz. Muchos de sus clientes eran escritores pero la mayoría eran pintores y estudiantes de Bellas Artes, quienes solían ser fieles clientes de los placeres noctámbulos parisinos que ofrecían estos recintos. No yendo muy lejos, en la iluminada Barcelona de fines del siglo XIX, surgieron grandes antros nocturnos como el legendario “Els Quatre Gats” en pleno corazón barcelonés. Un rival de peso para el viejo “Molino” de Paralell, vigente hasta la fecha. Los primeros espectáculos de cabaret no tenían prácticamente ninguna semejanza con el music hall,  ya que consistían,  principalmente,  en actuaciones de bailarinas de can-can, cantautores y travestís, como también mujeres disfrazadas de varones, espectáculos que no formaban parte del repertorio habitual del music hall. Además, el can can había sido prohibido por la censura en el Reino Unido. Sin embargo, a lo largo del siglo XX, los cabarets fueron ofreciendo espectáculos cada vez más variados, por lo que muchos artistas de music hall también fueron artistas de cabaret y viceversa. De todos modos,  hubieron países  como el Reino Unido, en los que el público prefería los espectáculos de music hall, o como en Estados Unidos donde se prefería los de burlesque. En España, tuvo más éxito sin duda el cabaret. Una forma particular de espectáculo con una mezcla de canción, comedia y baile donde se podía mezclar entusiastas canciones y actos cómicos. El cabaret sin duda, siempre será un templo para la infinidad de pensadores sedientos de explorar sus lados más oscuros.  Lástima que aquella magia del cabaret se fue con los años y fue sentenciada casi al olvido por la triste modernidad. Así como también ya no ha de  existir aquella sociedad cosmopolita de la época, la cual necesitaba un singular tubo de escape ante la decepción del momento económico y político. No cabe duda, que el cabaret siempre será sinónimo de aquella alegría prohibida por la luz del día y criminalizada por los ojos de aquella hipócrita sociedad ciega ante sus propias taras, aquella misma sociedad que convirtió al cabaret en lo que es hasta hoy, es decir, un icono de la intelectualidad y dirigida estrictamente para gente pensante sedienta de arte y placeres. Sin duda alguna, una especie de reliquia de museo en la historia del hombre.

"Cabaret a la Barcelonesa, Barcelona"
Invierno del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S


sábado, 24 de noviembre de 2012

Noctámbulos













Había un intermedio, nos habíamos sentado y entonces acudió también el lindo y joven señor Piero, el del saxofón, nos saludó con la cabeza y se sentó junto a Valentina. Me pareció ser muy buen amigo suyo. Pero a mí, confieso, en aquel primer encuentro no acababa de gustarme en absoluto este señor. Hermoso era, no podía negarse, hermoso de estatura y de cara; pero otras prendas no pude descubrir en él. También aquello de los muchos idiomas le resultaba una futesa; en efecto, no hablaba absolutamente nada, sólo palabras como perdón, gracias, desde luego, ciertamente, haló y otras por el estilo, que efectivamente sabía en varias lenguas. No; no hablaba nada el señor, y tampoco parecía pensar precisamente mucho este apuesto italiano caballero. Su ocupación era tocar el saxofón en la orquesta del jazz, y a esta ocupación parecía entregado con cariño y apasionamiento, alguna vez salía aplaudiendo de pronto durante el número o se permitía otras expresiones de entusiasmo; soltaba algunas palabras cantadas en voz alta, como ¡hooo, ho, ho, halo!. Pero por lo demás no estaba evidentemente en el mundo más que para ser bello, gustar a las mujeres, llevar los cuellos y muchas sortijas en los dedos. Su conversación consistía en estar sentado con nosotros, sonreímos, mirar a su reloj de pulsera y liar cigarrillos, en lo que era muy diestro. Sus ojos de bambino curtido y azulado como el destino, bucles que no ocultaban ningún romanticismo, ningún  problema, ninguna idea; visto desde cerca era el semidiós exótico de la salsa. Un joven alegre y un tanto consentido, de maneras agradables y nada más. Hablé con él de su instrumento y de tonalidades en la música de jazz; él no pudo por menos de darse cuenta de que tenía que habérselas con un viejo catador y conocedor de cosas musicales. Pero él no abordaba en modo alguno estas cuestiones, y mientras que yo, por cortesía hacia él, o más verdaderamente hacia Valentina, emprendía algo así como una justificación teórico-musical del jazz, se sonreía inofensivo de mí y de mis esfuerzos, y probablemente le era enteramente desconocido que antes y además del jazz había habido alguna otra clase de música. Era lindo, y gracioso, una enfermedad entre las mujeres y hombres de esta parte toscana del mundo antiguo. Sonreía de modo encantador con sus grandes ojos vacíos; pero entre él y yo parecía no haber nada en común; nada de lo que para él venía a resultar importante y sagrado, podía serlo también para mi, nosotros veníamos de partes del mundo opuestas, no teníamos una sola palabra común en nuestros idiomas. Sin embargo, más tarde me contó Valentina cosas maravillosas. Refirió que Piero, después de aquella conversación, le dijo acerca de mi que ella debía tener mucho cuidado con este hombre, que era el pobre tan desgraciado. Y al preguntarle ella de dónde lo deducía, dijo: Pobre, pobre hombre. Mira sus ojos. No sabe reír. Cuando aquel día el de los ojos azulados se hubo despedido y la música volvió a tocar, se levantó Valentina.  Ahora podrías volver a bailar conmigo, Don. ¿O no quieres bailar más? También con ella bailé ahora más fácil, más libre y más alegremente, aun cuando no tan ingrávido y olvidado de mi mismo como con aquella otra. Valentina dejó que yo la llevara y se plegaba a mí delicada y suavemente, como la hoja de una flor, y también en ella encontré y sentí ahora todas aquellas delicias que unas veces venían a mi encuentro y otras se me alejaban; también ella olía a mujer y a amor, también su baile cantaba delicada e íntimamente la atrayente canción deliciosa del universo; y, sin embargo, a todo esto no podía yo responder con plena libertad y alegría, no podía olvidarme y entregarme por completo. Valentina me estaba demasiado cerca, era mi camarada, mi hermana, era mi igual, se parecía a mí mismo durante mi juventud, el soñador, el poeta, compañero de mis ejercicios y correrías espirituales.  Lo sé, dijo ella después, cuando hablamos de esto. Lo sé bien y yo he de hacer desde luego todavía que te enamores de mi, pero no hay prisa. Primero, somos camaradas, somos personas que esperan llegar a ser amigos, porque nos hemos conocido mutuamente. Ahora queremos los dos aprender el uno del otro y jugar uno con otro. Yo te enseño mi pequeño teatro, te enseño a bailar y a ser un poquito alegre y tonto, y tú me enseñas tus ideas y algo de tu decencia y porque no de tu ciencia. Ah, Valentina, en eso no hay mucho que enseñar; tú sabes muchísimo más que yo. ¡Qué persona tan extraordinaria eres, muchacha! En todo me comprendes y te me adelantas. ¿Soy yo, acaso, algo para ti? ¿No te resulto aburrido?  Y es que la vida Don, ha de ser como el jazz. Melodía exótica para el alma pero imposible para este mundo tan mundano y alérgico a criaturas de la bella noche como siempre lo seremos tú y yo, atinó.


"La noche fiorentina suena a Jazz, Italia"
Primavera del 2011
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S

lunes, 5 de noviembre de 2012

Jazz de la Calle




Entre las numerosas profesiones que puede desempeñar un músico se encuentra una muy especial: el músico callejero. Existen lugares en los que hay que pasar un examen previo para poder actuar. En New York, París e incluso en nuestra Barcelona, cada músico tiene que demostrar una serie de conocimientos aplicados para tener su propia esquina. Desde que el intrusismo ha llegado a todos los sitios, la especialización se hace más necesaria. No sólo hay que madrugar para conseguir un buen sitio, es decir sinónimo de buenas ganancias, sino que hay que saber "tocar" un instrumento con un mínimo de capacidades. Si los directivos de los distintos transportes suburbanos han decidido realizar un examen, ¿cuál es la razón por la que no se hace en las calles de nuestras ciudades? En ocasiones me he visto sorprendido, incluso gratamente, por la pericia con la que este o aquel músico solicitaba unas pocas monedas a cambio de su arte. Sin embargo, en otras tenía ganas de dar dinero para que estudiara un poco y dejara de martirizarme. Supongo que todos conocerán ejemplos de estos dos tipos de músicos. Desde aquí quiero dejar bien claro que la Música es algo que nos une, que nos da la vida, y debemos conseguir que muchos  de esos intrusos dejen de aporrearnos con sus melodías estériles y para eso que se dediquen a otras cosas. Por suerte, en suelo barcelonés la mixtura de talentos y orígenes dan un resultado suculento para quienes disfrutamos de este arte. Caminar por las calles de la ciudad condal te puede deparar hermosas sorpresas musicales. Una fina trompeta que dialoga con el ronquido del trombón. Cuerdas elegantes acompañadas de seductoras voces, en otras palabras, el jazz en su estado más puro,  el de la calle donde todo se escucha y disfruta sin restricciones ni ataduras.


"Músicos callejeros en la Barceloneta"
Verano del 2012
Fotografía y redacción por Denis Vásquez Al Vino 
Nikon D3100 / Nikkor 18-55 f/3.5-5.6 AF-S